12. El corredor invisible

Cuando empieza el Campeonato Nacional de Trail, siempre aparecen sorpresas: corredores nuevos, técnicas distintas, estrategias inesperadas. Pero aquel año surgió un misterio que nos dejó desconcertados.

Un muchacho altísimo, rubio y flaquísimo empezó a ganar varias carreras seguidas. Subía como si flotara y bajaba sin peso, casi sin tocar el suelo. Nadie sabía quién era. No pertenecía a ningún equipo, no hablaba con nadie, no aparecía en redes. Llegaba, ganaba y desaparecía.

Las conversaciones eran inevitables:
—¿Será extranjero?
—¿Será un talento escondido?
—¿Será un profesional encubierto?

El misterio se mantuvo… hasta que, en una carrera de montaña, alguien vio lo que no debía.

Detrás de un enorme higuerón, el rubio se quitó la camiseta con el número, la dobló cuidadosamente… y se la entregó a un clon perfecto. Su hermano gemelo, escondido detrás del tronco, se la puso y salió trotando rumbo a la meta como si nada.

El engaño quedó al descubierto: uno corría la primera mitad, el otro la segunda.
Dos cuerpos, un solo número.
Un atleta “imparable”, claro… si corrían por turnos.

Ese día entendimos que en el trail hay subidas duras, bajadas peligrosas…
pero nada tan creativo como dos gemelos compartiendo podio con un solo nombre.

11. El reloj que no da la hora

El siglo XXI trajo apps para correr, para dormir, para respirar… para todo. Y los relojes inteligentes se volvieron pequeños oráculos. Aniceto fue el primero del grupo en rendirse a la magia digital: se compró un aparato que medía distancia, velocidad, altitud, clima, humedad, carga de entrenamiento y hasta parecía capaz de leer la mente.

Ese día pedaleábamos hacia la finca de Don Luis, donde debíamos llegar a las 12 en punto para almorzar. Ellos eran puntuales como campana de iglesia, así que no queríamos fallar.

—Tranquilos —dijo Aniceto mirando su superreloj—, faltan 1.600 metros para llegar.

Buenísimo.
Pero faltaba la pregunta esencial.

—Perfecto… ¿y qué hora es?

Ahí empezó el espectáculo.
Tocó la pantalla, la deslizó, abrió menús, submenús, modos deportivos, gráficos y alertas. El reloj mostraba todo: el ritmo instantáneo, la probabilidad de lluvia, el desnivel, la cadencia, hasta el tiempo que “debería” dormir esa noche.

Todo… menos la hora.

Aniceto suspiró, derrotado.

—Este aparato sabe cuánto respiro… pero no dónde ver la hora.

Llegamos tarde, por supuesto.
Don Luis nos esperaba en la puerta, sonriendo como quien ya conoce nuestras excusas.

La tecnología puede medirlo todo.
El problema —siempre— es encontrar lo que uno realmente necesita.

10. El experimento de los 62 kilómetros

Las primeras carreras de ultratrail siempre son un experimento: ensayo y error para los organizadores, supervivencia para los corredores. En una de las primeras ediciones de 62 km, lo vivimos en carne propia.

Veníamos tres entre los primeros: Bolaños, Acuña y yo. Según el reporte del punto de control 4, había tres corredores adelante. Entre ese puesto y el PC5 debían ser unos diez kilómetros. Llevábamos casi dieciocho… y nada. Ni cintas, ni voces, ni rastro humano. Solo montaña y silencio.

—Dicen que el puesto está ahí al frente —nos gritó alguien desde atrás.

Y sí, estaba “al frente”.
Al frente… del otro lado del río.

Un río ancho, oscuro, imposible de cruzar caminando. La marca del cruce no aparecía. Se había perdido o alguien la había quitado. La duda pesaba más que el cansancio.

—Si nos devolvemos y la marca no está, ¿qué hacemos? —dijo Acuña.
Tenía razón. En ultratrail, retroceder puede ser más peligroso que arriesgar.

—Crucemos —sentenció.

Acuña se quitó los tenis, Bolaños también.
Yo me quité las sandalias.
Y nos metimos al agua, literalmente a nadar.

La corriente estaba fría, pero la adrenalina empujaba más fuerte. Al salir, empapados, vimos a un campesino en la orilla, rezando en voz baja.

—¿Todo bien? —preguntamos.

Nos miró pálido.

—Aquí vive un cocodrilo de seis metros —dijo—. Estaba pidiendo que no saliera.

Nos quedamos mudos.

Ese día entendimos que los primeros experimentos del ultratrail no eran para los organizadores.
Eran para nosotros.

9. Todo un ritual

Entrenar en bicicleta siempre ha sido un ritual. Requiere más tiempo, más logística y más paciencia. Me levanto a las 3 de la mañana, como lo hacía hace cincuenta años cuando salía rumbo a la universidad, y más tarde al trabajo. Hoy ya no es necesidad: es costumbre, casi identidad.

Me lavo la cara, me cepillo los dientes y preparo un café. Antes era cualquier café del supermercado con un poco de aceite de coco artesanal. Hoy es café de especialidad y aceite de coco extra virgen. El ritual evolucionó… o se sofisticó, no estoy seguro.

Inflo las llantas. Antes lo hacía presionándolas con los pulgares, calculando la dureza por pura intuición. Ahora el algoritmo me dice: 95 psi adelante, 122 atrás. La tecnología ordena lo que antes resolvía el tacto.

También cambiaron las bicicletas. En los viejos tiempos era siempre ruta, lloviera o tronara. Hoy puedo escoger entre gravel, ruta o MTB… y si llueve, mejor hago rodillo. La libertad moderna a veces parece un catálogo.

Pero cuando ya estoy pedaleando, cuando la madrugada huele a tierra fría y empieza a clarear en silencio, entiendo algo: el ciclismo es el mismo.
Lo único que cambia son las tonteras con que uno se complica la vida.

El cuerpo recuerda la esencia.
La bicicleta también.

8. El bus del lunes

El entrenamiento largo nos llevó hasta Turrubares, un cantón hermoso pero aislado, donde el transporte público es más leyenda que servicio. El sol pegaba fuerte y la humedad nos seguía como una sombra pesada. Después de varias horas, noté que Eugenia venía al límite, sosteniéndose más por voluntad que por energía.

A lo lejos apareció una pulpería solitaria, como un oasis en mitad del calor. En la entrada, un rótulo azul: “Parada de bus”. Parecía una salvación.

—Descansamos ahí y te subís al bus —le dije, casi celebrando la estrategia perfecta.

Nos sentamos bajo la sombra del alero. El corazón recuperaba ritmo, el sudor se iba enfriando. Era sábado, casi las 11 de la mañana, momento ideal para salvar la jornada.

Entré y pregunté:

—¿A qué hora pasa el autobús?

La señora dejó de acomodar unos frijoles, me miró sin sorpresa y dijo con la naturalidad de quien repite algo obvio:

—El próximo pasa el lunes a las cinco de la mañana.

Salí y se lo conté a Eugenia. Primero abrió los ojos. Luego se rió. Y terminamos riéndonos los dos, como si la fatiga hubiera decidido darse por vencida.

No había bus.
No había atajo.
Solo quedaba seguir.

En Turrubares aprendimos que el cuerpo puede cansarse…
pero el buen humor siempre llega puntual.

7. El entrenador de fin de semana

En Flores hay una recta perfecta: un kilómetro completamente plano, ideal para entrenar velocidad sin distracciones. Casi siempre está llena de grupos con entrenadores, cronómetros y voces de mando. Pero ese día fui solo. Mi único objetivo era bajar el tiempo en el kilómetro, así que hice varias tiradas dándolo todo.

Terminé exhausto y me senté en el caño a recuperar el aliento. Entonces se acercó un hombre con camiseta técnica y gafas oscuras, caminando con esa seguridad de quien quiere ser escuchado.

—¿Cómo se le ocurre venir con chancletas? —me reclamó—. Se puede lesionar. Y lo digo con conocimiento de causa: soy entrenador certificado por la federación.

Lo dijo como si revelara un título nobiliario.
Yo solo respiré hondo y lo dejé hablar.

Mientras enumeraba lesiones, protocolos y advertencias, pensé en silencio:
esos cursos duran un fin de semana…
y yo pasé casi diez años en la universidad para obtener una maestría.

A veces la gente confunde un certificado rápido con una sabiduría que toma décadas.
Creen que la técnica está en el papel,
y no en el cuerpo que ha aprendido a moverse durante medio siglo.

Cuando terminó su discurso, se fue satisfecho.
Yo me amarré las sandalias, me puse de pie
y seguí entrenando.

6. ¿Estoy perdido?

Entrenábamos para el Ultra Trail, y ese día me tocó una salida larga por los alrededores de Puriscal. Tomé un desvío de tierra confiando en la intuición, en esa falsa seguridad que uno siente cuando cree conocer la montaña.

El camino se volvió cada vez más solitario:
piedras sueltas, raíces traicioneras, subidas eternas y descensos que parecían tragarse la luz. El calor se pegaba a la piel y la humedad hacía más difícil cada zancada. En algún punto dejé de reconocer los cerros. No había casas, ni carros, ni un perro a lo lejos.

Me detuve.
La pregunta llegó sola: ¿Estoy perdido?

Seguí avanzando, más por necesidad que por certeza. El reloj marcaba kilómetros, pero no marcaba rumbo. El silencio era tan grande que hasta mi respiración parecía ajena.

De pronto apareció un campesino, caminando con sombrero y machete, la primera persona que veía en más de una hora.

—Buenas… ¿voy bien para salir al camino principal? —pregunté.

El hombre me miró con calma, como leyendo algo más que mis palabras.

—Depende —dijo—. ¿A dónde quiere llegar?

No supe responder. No lo tenía claro.
Él sonrió.

—Entonces siga recto. Cuando uno no sabe para dónde va, lo importante es no quedarse parado.

Seguí corriendo.
Quizá no estaba menos perdido… pero sí más acompañado.

5. El valor de un diario

Encontré un cuaderno viejo, de esos de pasta dura y hojas amarillentas. En la portada decía “Diario de entrenamiento, 1983”. Lo abrí y apareció una página marcada: 16 de septiembre.

Ahí estaba mi letra juvenil:
“Entrenamiento para la milla universitaria. Cada milla bajo 7 minutos.”
Abajo, el desglose: cinco millas, promedio 6:46.
Sin GPS, sin apps, sin sensores. Solo lápiz, sudor e intuición.

Hoy, 16 de septiembre del 2025, corrí una sola milla. La hice en 9 minutos. Respiré profundo, sin prisa, disfrutando el movimiento más que el tiempo. Cerré el diario y sonreí, no por nostalgia, sino por claridad.

Un diario no sirve para competir con quien fui.
Sirve para entender el camino, para reconocer que el cuerpo cambia, pero la voluntad permanece.

Nunca volveré a correr a 6:46.
Y no pasa nada.
Sigo en movimiento, sigo madrugando, sigo siendo yo… solo en otra versión.

Un diario de entrenamiento no mide rendimiento.
Mide continuidad.
Mide identidad.
Mide gratitud.

4. Piensa mejor en fútbol

En mis años en la UCR, el atletismo no era solo deporte: era la beca, la comida, la matrícula. Cada entrenamiento era un examen silencioso. Y nuestro entrenador, extranjero y abiertamente racista, hacía aún más pesado el ambiente.

Un día llegó a la pista un muchacho moreno, delgado, casi tímido, con la ilusión de correr los 400 metros planos. No tenía uniforme del equipo, solo ganas. El entrenador le pidió que diera una vuelta. El muchacho la hizo sin quejarse. Volvió jadeando, pero firme.

El entrenador frunció la boca y le dijo:

—Hágala otra vez.

El joven arrancó de nuevo, quizá empujado más por dignidad que por piernas. Regresó sudando, esperando una palabra de evaluación, algún consejo, una mínima oportunidad.

El entrenador lo miró de reojo, con ese gesto frío que ya conocíamos.

Pensá mejor en fútbol.

El muchacho bajó la mirada.
Nunca volvió a la pista.

A veces el talento no se pierde por cansancio, sino por el peso brutal del prejuicio.

3. El número que nunca salió

Fue una carrera de campo traviesa en Escazú, pequeña pero muy bien organizada. Éramos 32 corredores, y al llegar a la meta entregaban un número para participar en la rifa. A mí me dieron el 16.

Había 30 premios, así que casi todos ganarían algo. Era matemática pura: uno corría… y después casi aseguraba un regalo.

Empezaron a llamar:
21… 30… 24… 15…
Los corredores salían felices con bolsas, termos, certificados, canastas. Cada número que anunciaban sonaba como una campana de buena suerte.

Pasaron veinte premios.
Luego veinticinco.
Treinta.

Y ahí seguíamos dos:
yo con el 16…
y otro pobre corredor con el 7.

La organizadora revisó la lista, contó las cajas y nos miró con una sonrisa apenada:

—Bueno… parece que hoy la suerte no corrió con ustedes.

Treinta premios, treinta ganadores,
y dos números perfectos para recordarnos que el azar tiene sentido del humor.

Ese día confirmé algo:
en las carreras se compite sudando…
pero también se pierde sentado.