8. El bus del lunes

El entrenamiento largo nos llevó hasta Turrubares, un cantón hermoso pero aislado, donde el transporte público es más leyenda que servicio. El sol pegaba fuerte y la humedad nos seguía como una sombra pesada. Después de varias horas, noté que Eugenia venía al límite, sosteniéndose más por voluntad que por energía.

A lo lejos apareció una pulpería solitaria, como un oasis en mitad del calor. En la entrada, un rótulo azul: “Parada de bus”. Parecía una salvación.

—Descansamos ahí y te subís al bus —le dije, casi celebrando la estrategia perfecta.

Nos sentamos bajo la sombra del alero. El corazón recuperaba ritmo, el sudor se iba enfriando. Era sábado, casi las 11 de la mañana, momento ideal para salvar la jornada.

Entré y pregunté:

—¿A qué hora pasa el autobús?

La señora dejó de acomodar unos frijoles, me miró sin sorpresa y dijo con la naturalidad de quien repite algo obvio:

—El próximo pasa el lunes a las cinco de la mañana.

Salí y se lo conté a Eugenia. Primero abrió los ojos. Luego se rió. Y terminamos riéndonos los dos, como si la fatiga hubiera decidido darse por vencida.

No había bus.
No había atajo.
Solo quedaba seguir.

En Turrubares aprendimos que el cuerpo puede cansarse…
pero el buen humor siempre llega puntual.

7. El entrenador de fin de semana

En Flores hay una recta perfecta: un kilómetro completamente plano, ideal para entrenar velocidad sin distracciones. Casi siempre está llena de grupos con entrenadores, cronómetros y voces de mando. Pero ese día fui solo. Mi único objetivo era bajar el tiempo en el kilómetro, así que hice varias tiradas dándolo todo.

Terminé exhausto y me senté en el caño a recuperar el aliento. Entonces se acercó un hombre con camiseta técnica y gafas oscuras, caminando con esa seguridad de quien quiere ser escuchado.

—¿Cómo se le ocurre venir con chancletas? —me reclamó—. Se puede lesionar. Y lo digo con conocimiento de causa: soy entrenador certificado por la federación.

Lo dijo como si revelara un título nobiliario.
Yo solo respiré hondo y lo dejé hablar.

Mientras enumeraba lesiones, protocolos y advertencias, pensé en silencio:
esos cursos duran un fin de semana…
y yo pasé casi diez años en la universidad para obtener una maestría.

A veces la gente confunde un certificado rápido con una sabiduría que toma décadas.
Creen que la técnica está en el papel,
y no en el cuerpo que ha aprendido a moverse durante medio siglo.

Cuando terminó su discurso, se fue satisfecho.
Yo me amarré las sandalias, me puse de pie
y seguí entrenando.

6. ¿Estoy perdido?

Entrenábamos para el Ultra Trail, y ese día me tocó una salida larga por los alrededores de Puriscal. Tomé un desvío de tierra confiando en la intuición, en esa falsa seguridad que uno siente cuando cree conocer la montaña.

El camino se volvió cada vez más solitario:
piedras sueltas, raíces traicioneras, subidas eternas y descensos que parecían tragarse la luz. El calor se pegaba a la piel y la humedad hacía más difícil cada zancada. En algún punto dejé de reconocer los cerros. No había casas, ni carros, ni un perro a lo lejos.

Me detuve.
La pregunta llegó sola: ¿Estoy perdido?

Seguí avanzando, más por necesidad que por certeza. El reloj marcaba kilómetros, pero no marcaba rumbo. El silencio era tan grande que hasta mi respiración parecía ajena.

De pronto apareció un campesino, caminando con sombrero y machete, la primera persona que veía en más de una hora.

—Buenas… ¿voy bien para salir al camino principal? —pregunté.

El hombre me miró con calma, como leyendo algo más que mis palabras.

—Depende —dijo—. ¿A dónde quiere llegar?

No supe responder. No lo tenía claro.
Él sonrió.

—Entonces siga recto. Cuando uno no sabe para dónde va, lo importante es no quedarse parado.

Seguí corriendo.
Quizá no estaba menos perdido… pero sí más acompañado.

5. El valor de un diario

Encontré un cuaderno viejo, de esos de pasta dura y hojas amarillentas. En la portada decía “Diario de entrenamiento, 1983”. Lo abrí y apareció una página marcada: 16 de septiembre.

Ahí estaba mi letra juvenil:
“Entrenamiento para la milla universitaria. Cada milla bajo 7 minutos.”
Abajo, el desglose: cinco millas, promedio 6:46.
Sin GPS, sin apps, sin sensores. Solo lápiz, sudor e intuición.

Hoy, 16 de septiembre del 2025, corrí una sola milla. La hice en 9 minutos. Respiré profundo, sin prisa, disfrutando el movimiento más que el tiempo. Cerré el diario y sonreí, no por nostalgia, sino por claridad.

Un diario no sirve para competir con quien fui.
Sirve para entender el camino, para reconocer que el cuerpo cambia, pero la voluntad permanece.

Nunca volveré a correr a 6:46.
Y no pasa nada.
Sigo en movimiento, sigo madrugando, sigo siendo yo… solo en otra versión.

Un diario de entrenamiento no mide rendimiento.
Mide continuidad.
Mide identidad.
Mide gratitud.

4. Piensa mejor en fútbol

En mis años en la UCR, el atletismo no era solo deporte: era la beca, la comida, la matrícula. Cada entrenamiento era un examen silencioso. Y nuestro entrenador, extranjero y abiertamente racista, hacía aún más pesado el ambiente.

Un día llegó a la pista un muchacho moreno, delgado, casi tímido, con la ilusión de correr los 400 metros planos. No tenía uniforme del equipo, solo ganas. El entrenador le pidió que diera una vuelta. El muchacho la hizo sin quejarse. Volvió jadeando, pero firme.

El entrenador frunció la boca y le dijo:

—Hágala otra vez.

El joven arrancó de nuevo, quizá empujado más por dignidad que por piernas. Regresó sudando, esperando una palabra de evaluación, algún consejo, una mínima oportunidad.

El entrenador lo miró de reojo, con ese gesto frío que ya conocíamos.

Pensá mejor en fútbol.

El muchacho bajó la mirada.
Nunca volvió a la pista.

A veces el talento no se pierde por cansancio, sino por el peso brutal del prejuicio.

3. El número que nunca salió

Fue una carrera de campo traviesa en Escazú, pequeña pero muy bien organizada. Éramos 32 corredores, y al llegar a la meta entregaban un número para participar en la rifa. A mí me dieron el 16.

Había 30 premios, así que casi todos ganarían algo. Era matemática pura: uno corría… y después casi aseguraba un regalo.

Empezaron a llamar:
21… 30… 24… 15…
Los corredores salían felices con bolsas, termos, certificados, canastas. Cada número que anunciaban sonaba como una campana de buena suerte.

Pasaron veinte premios.
Luego veinticinco.
Treinta.

Y ahí seguíamos dos:
yo con el 16…
y otro pobre corredor con el 7.

La organizadora revisó la lista, contó las cajas y nos miró con una sonrisa apenada:

—Bueno… parece que hoy la suerte no corrió con ustedes.

Treinta premios, treinta ganadores,
y dos números perfectos para recordarnos que el azar tiene sentido del humor.

Ese día confirmé algo:
en las carreras se compite sudando…
pero también se pierde sentado.

2. La salida con bombetas

La carrera era en Desamparaditos de Puriscal, en plena fiesta popular. El aire olía a maíz asado, pólvora y música de turno. Los corredores estábamos alineados, tensos, esperando el conteo clásico: 3, 2, 1…

Pero el organizador no decía nada.
Solo levantó la mano, como quien busca silencio.
Nos inclinamos hacia adelante, listos para arrancar en cuanto diera la señal.

Entonces estallaron dos bombetas en el cielo.
¡PUM! ¡PUM!

Nadie se movió.
Nos miramos sorprendidos, algunos hasta se taparon los oídos.
Silencio total.

El organizador abrió los brazos, exasperado:

—¡¿Por qué no salieron?! ¡Esa era la salida!

Entendimos demasiado tarde que en Puriscal no había pistola de inicio, ni conteo, ni protocolo:
la salida era la pólvora, como manda la tradición.

Arrancamos desordenados, unos riéndose, otros todavía confundidos.
Y mientras corríamos, pensé que en las carreras rurales las reglas son simples:

se sale cuando el cielo truena.

Nos miramos, incrédulos.
Las manos vacías, el corazón entre risa y resignación.

La organizadora revisó la lista, contó las cajas, volvió a contar.
Todo estaba en orden: los premios eran treinta y ya estaban entregados.

—Bueno… —dijo sonriendo con culpa—. A veces la suerte también hace deporte.

Nunca entendí cómo, entre 32 personas y 30 premios, fui parte del 6% que nunca gana nada.

Ese día aprendí que en las carreras se compite corriendo… pero se pierde también sentado.

1. Muy cerca de las nubes

A finales de los setenta viajamos a Toluca, México, para una carrera ciclística en honor a San José. Toluca queda tan alto que uno siente que pedalea cerca de las nubes, y nosotros llegábamos con más ganas que ciencia. Nuestro entrenador, Conde, era mecánico automotriz y aprendía de deporte escuchando programas colombianos y mexicanos en radio de onda corta. Ese era nuestro “método”.

Amaneció lloviendo, con una niebla espesa que parecía tragarse la carretera. El frío nos mordía los dedos. No había cremas térmicas ni ropa técnica: había tradición.
Nos frotamos el cuerpo con manteca de cerdo y nos pusimos papel periódico en el pecho para cortar el viento. Era lo que se hacía entonces, lo que hacían los “duros”.

Pero en carrera el cuerpo empieza a hervir. La manteca se derritió, se mezcló con el sudor y el periódico húmedo. Pronto, un olor insoportable se levantó alrededor de nosotros. Los rivales nos pasaban tapándose la nariz; algunos murmuraban que algo raro llevábamos encima.

Al final, surgió la acusación:
—¡Eso huele a dopaje!

No era dopaje.
Era creatividad, pobreza y terquedad.
Era otra época, otro deporte.

Y era, literalmente, el olor del esfuerzo.

Prólogo

Mientras el cuerpo siga — Relatos de un cuerpo que insiste

Hay cuerpos que avanzan por disciplina, otros por ambición. El mío —como tantos otros— avanza por una necesidad más antigua: comprender el mundo a través del movimiento. No recuerdo un tiempo en que no intentara hacerlo. Algunos aprenden a leer observando letras; yo aprendí observando montañas, trillos, madrugadas y el ritmo constante de mi propia respiración.

Durante cincuenta años he corrido, pedaleado, nadado, caminado y tropezado. Pero, sobre todo, he observado. El cuerpo es un archivo silencioso: guarda lo que uno quiso olvidar y revela lo que uno tardó décadas en entender. En cada kilómetro queda escrita una idea. En cada cuesta, una duda. En cada fondo, una certeza que solo aparece cuando el cansancio derrite todo lo superficial.

Estos relatos no pretenden enseñar nada. Nacieron simplemente de la necesidad de escuchar lo que el cuerpo —este terco compañero— fue diciendo con el tiempo. Son pequeñas escenas donde la vida se asoma disfrazada de deporte: la bondad de un chofer que espera, la travesura de un amigo, el humor involuntario de una competencia, el silencio inmenso de un amanecer en Puriscal.

Con los años comprendí que uno no se mueve para ser más fuerte, ni más rápido, ni más joven. Uno se mueve para seguir siendo. Para mantener encendida esa chispa mínima que nos une al paisaje, al tiempo y a los demás.

Mientras el cuerpo siga —aunque sea despacio, aunque proteste— la vida continúa ofreciendo caminos. Y cada camino trae un relato.
Este libro recoge algunos.