2. La salida con bombetas

La carrera era en Desamparaditos de Puriscal, en plena fiesta popular. El aire olía a maíz asado, pólvora y música de turno. Los corredores estábamos alineados, tensos, esperando el conteo clásico: 3, 2, 1…

Pero el organizador no decía nada.
Solo levantó la mano, como quien busca silencio.
Nos inclinamos hacia adelante, listos para arrancar en cuanto diera la señal.

Entonces estallaron dos bombetas en el cielo.
¡PUM! ¡PUM!

Nadie se movió.
Nos miramos sorprendidos, algunos hasta se taparon los oídos.
Silencio total.

El organizador abrió los brazos, exasperado:

—¡¿Por qué no salieron?! ¡Esa era la salida!

Entendimos demasiado tarde que en Puriscal no había pistola de inicio, ni conteo, ni protocolo:
la salida era la pólvora, como manda la tradición.

Arrancamos desordenados, unos riéndose, otros todavía confundidos.
Y mientras corríamos, pensé que en las carreras rurales las reglas son simples:

se sale cuando el cielo truena.

Nos miramos, incrédulos.
Las manos vacías, el corazón entre risa y resignación.

La organizadora revisó la lista, contó las cajas, volvió a contar.
Todo estaba en orden: los premios eran treinta y ya estaban entregados.

—Bueno… —dijo sonriendo con culpa—. A veces la suerte también hace deporte.

Nunca entendí cómo, entre 32 personas y 30 premios, fui parte del 6% que nunca gana nada.

Ese día aprendí que en las carreras se compite corriendo… pero se pierde también sentado.

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