1. Muy cerca de las nubes

A finales de los setenta viajamos a Toluca, México, para una carrera ciclística en honor a San José. Toluca queda tan alto que uno siente que pedalea cerca de las nubes, y nosotros llegábamos con más ganas que ciencia. Nuestro entrenador, Conde, era mecánico automotriz y aprendía de deporte escuchando programas colombianos y mexicanos en radio de onda corta. Ese era nuestro “método”.

Amaneció lloviendo, con una niebla espesa que parecía tragarse la carretera. El frío nos mordía los dedos. No había cremas térmicas ni ropa técnica: había tradición.
Nos frotamos el cuerpo con manteca de cerdo y nos pusimos papel periódico en el pecho para cortar el viento. Era lo que se hacía entonces, lo que hacían los “duros”.

Pero en carrera el cuerpo empieza a hervir. La manteca se derritió, se mezcló con el sudor y el periódico húmedo. Pronto, un olor insoportable se levantó alrededor de nosotros. Los rivales nos pasaban tapándose la nariz; algunos murmuraban que algo raro llevábamos encima.

Al final, surgió la acusación:
—¡Eso huele a dopaje!

No era dopaje.
Era creatividad, pobreza y terquedad.
Era otra época, otro deporte.

Y era, literalmente, el olor del esfuerzo.

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