32. La carrera perfecta

A principios de los años ochenta, organizar una carrera era relativamente sencillo. Había pocas categorías, es cierto, pero también había cuotas de inscripción bajas, premios dignos y una sensación de que el corredor era la razón de ser del evento.

Con los años llegaron los patrocinadores, las redes sociales, las plataformas de inscripción, los arcos inflables, las camisetas técnicas, las medallas gigantes y las fotografías instantáneas. Todo parecía una evolución natural.

Pero algo cambió.

Las inscripciones se volvieron cada vez más caras. Las categorías empezaron a desaparecer. Los premios para los ganadores se hicieron más pequeños. Sin embargo, la participación aumentaba año tras año.

Un domingo, mientras recogíamos los números de corredor, alguien hizo una observación que nos dejó pensando:

—Qué curioso. Cada vez hay más participantes, menos categorías y menos premios.

Miró la fila interminable de corredores y agregó:

—Parece que aquí solo hay un ganador.

Nadie preguntó quién.

No hacía falta.

Las carreras modernas descubrieron algo que antes no existía: el negocio de vender la experiencia. Ya no importa tanto quién gana, sino cuántos pagan por estar en la salida.

Por supuesto, todavía hay organizadores honestos y eventos extraordinarios. Pero a veces, observando ciertas inscripciones, ciertos premios y ciertos balances, uno tiene la impresión de que el atleta pasó de ser protagonista a convertirse en cliente.

Y cuando eso ocurre, la meta deja de estar en la línea de llegada.

La meta está en la caja registradora.

31. Después del kilómetro vertical

Nos preparábamos para trazar la ruta de un kilómetro vertical, una rareza en Costa Rica. La idea no era solo deportiva: queríamos llevar útiles escolares a una pequeña escuela rural ubicada en la cima de la montaña. Había mapas, brújulas, conversaciones sobre desniveles y muchas dudas sobre cuál sería la mejor ruta.

Después de varias visitas llegamos a la escuela para coordinar detalles. El edificio era pequeño, rodeado de potreros y neblina. Desde allí se veía medio país.

El director nos recibió con entusiasmo. Escuchó el proyecto, observó los mapas y preguntó cuántas personas pensábamos llevar.

—Tal vez unas cincuenta —respondimos.

Asintió con la cabeza y sonrió.

—Muy bonito todo eso de los útiles escolares —dijo—. Pero tengo una pregunta.

Esperamos alguna consulta sobre permisos, seguridad o alimentación.

—Cuando lleguen a la meta… ¿quieren jugar fútbol contra el equipo del pueblito?

Nos quedamos viendo unos a otros.

Habíamos pensado en hidratación, primeros auxilios, desnivel acumulado, transporte y logística.
Lo que nunca contemplamos fue disputar un partido de fútbol después de subir mil metros verticales.

El director siguió hablando como si fuera la cosa más natural del mundo.

—Los muchachos están entrenando.

En la montaña aprendí muchas veces que cada persona entiende el esfuerzo de manera diferente. Para nosotros, llegar a la cima era el objetivo.

Para ellos, era apenas el calentamiento.

30. La bandera roja

No ganó la carrera. Tampoco subió al podio. Llegó lejos de los primeros, con las piernas endurecidas por la lluvia y el frío de montaña. Pero en una curva solitaria vio a un niño aplaudiendo bajo el aguacero. El pequeño agitaba una bandera hecha con una bolsa plástica roja y sonreía como si estuviera viendo pasar al campeón del mundo.

El corredor levantó una mano y siguió pedaleando.

Esa noche entendió algo extraño: durante años había confundido velocidad con felicidad. Después de aquella carrera dejó de perseguir resultados. Empezó a caminar más despacio y a escuchar mejor el mundo.

29. El keniata de los 300 metros

La radio transmitía el Maratón de Medellín como si fuera un partido de final. El locutor colombiano hablaba rápido, emocionado, con ese acento que convierte cualquier frase en relato épico.

—Va punteando un africano de nombre impronunciable —decía—. ¡Atención, atención!

Yo escuchaba pegado al parlante, imaginando la escena.
De pronto, el narrador empezó a gritar:

—¡Llegando a la meta el keniata! ¡A cien metros! ¡Doscientos! ¡Trescientos! ¡Cruza…!

Me quedé en silencio.
Algo no cuadraba.

El corredor se alejaba de la meta en lugar de acercarse. El locutor, perdido en la emoción, narró los metros… al revés: mientras más lejos estaba el atleta, más cerca lo anunciaba.

La transmisión siguió como si nada.
Celebraron su “victoria”, sonaron aplausos grabados, cambiaron de tema. Y yo seguía riéndome solo, pensando en cómo un error tan simple podía convertirse en un instante memorable.

A veces el atletismo no necesita suspenso:
la radio lo inventa por uno.

28. El número equivocado

En todas las carreras siempre aparecen los agüizotes: quienes juegan la lotería con el número del dorsal, con el puesto en que llegaron o incluso con los últimos dos dígitos del tiempo oficial. Para algunos, correr es ejercicio; para otros, estadística mística.

Juancho era de esos. Nunca terminaba una carrera sin buscar qué número “le estaba hablando”.
En una competencia de tres vueltas alrededor de un parque —cada vuelta de 8 km— empezó a hacer cuentas mientras calentábamos.

—Tres vueltas por ocho kilómetros… eso da 21 —dijo convencido, como si hubiera descubierto una señal divina.

Nadie quiso corregirlo.
Era Juancho, después de todo.
Fue directo a la pulpería y compró la lotería en el 21, seguro de que el universo había corrido con él.

Esa noche revisó los resultados.
Ganó el 24.

Juancho miró el entero, lo volvió a mirar y dijo, sin perder la fe:

—¡Claro! Tres vueltas… ocho kilómetros… más los dos kilómetros que hice de más calentando. ¡Si es que uno tiene que afinar mejor la fórmula!

Y siguió buscando números.
Porque algunos corren por tiempo, otros por podio…
y otros, como Juancho, por señales que nunca llegan.

27. La escoba vallenata

En los años 90 corrí la Vuelta al Valle en Cali, una competencia famosa por ser plana, rápida y perfecta para los rodadores puros. Yo no lo era. Después de unos cuantos kilómetros, mientras adelante volaban como si tuvieran motor, yo empecé a caer hacia la parte de atrás del lote… y luego un poco más atrás.

La carrera era patrocinada por una emisora local que transmitía vallenato las 24 horas. Y como si fuera parte del reglamento, detrás de los últimos siempre venía la famosa tumba cocos, esa camioneta que recogía a los rezagados o, al menos, los acompañaba con música y ánimo caribeño.

Cuando me alcanzó, la camioneta no venía discreta:
altoparlantes a todo volumen, acordeón llorando, caja marcando el ritmo y el chofer cantando como si estuviéramos en una fiesta patronal.
Los últimos ciclistas —yo incluido— teníamos escolta musical oficial.

De pronto empezó a sonar un estribillo que todavía recuerdo, mitad burla cariñosa, mitad ánimo obligado:

“¡Si no pedalea se quedaaa… se queda… se queda!”

Era imposible no reírse, aunque uno viniera reventado.
Ahí iba yo, uno de los últimos, empujado no por táctica ni por fuerza…
sino por vallenato a todo volumen. Ese día entendí que no todas las escobas

26. Color de vago

En los años 80, tener un buen bronceado era casi un trofeo. No había bloqueadores, ni dermatólogos regañando: había aceite de coco, sol fuerte y la ilusión de verse “quemado bonito”.
Yo entrenaba en el balneario de Ojo de Agua, sin camisa, untado de aceite como si fuera una receta de cocina. Día tras día, nadando y corriendo, esperando que por fin apareciera ese color dorado que todos comentaban.

Y un día llegó.
Me vi al espejo y pensé: por fin lo logré.

Caminé por la piscina como quien estrena medalla. En eso, el Capi, el salvavidas de siempre, el que conocía a todos y tenía respuesta para todo, me vio llegar.

Se me quedó mirando un segundo y dijo, sin risa y sin filtro:

—Ya estás cogiendo color… color de vago.

Se me bajó el orgullo en un instante.
Mi bronceado soñado, rebautizado en una frase magistral.

Ese día entendí que el sol puede pintar la piel,
pero el humor tico pinta la realidad mejor que nadie.

25 Los espiás del trail

En algún momento del 2010, muchos de los corredores que ganaban las carreras de Trail y Ultra Trail entrenaban conmigo. No por magia ni secretos ocultos, sino por algo que suele tomar años: método, disciplina y coherencia. Ese simple hecho generó una incomodidad silenciosa entre algunos entrenadores… y entre otros que se hacían llamar entrenadores sin serlo.

La rivalidad empezó con comentarios, siguió con chismes y terminó en algo más triste: la necesidad de imitar. Algunos pensaban que si lograban ver “qué hacía yo”, podrían replicarlo sin haber pasado por el estudio, la experiencia o el contexto que sostiene un plan de entrenamiento real.

Un día, mientras trabajábamos cuestas, noté movimiento detrás de un árbol. No era un corredor rezagado ni un espectador curioso:
era un “entrenador” escondido, agachado, filmando la sesión como si estuviera infiltrándose en un laboratorio secreto.

Lo vi y entendí la raíz del problema:
confundían copiar ejercicios con saber entrenar,
confundían filmar con estudiar,
confundían rivalidad con profesionalismo.

El deporte necesita ética, no espionaje de aficionados.
Porque al final, lo que marca la diferencia no es un video robado,
sino algo que no se puede grabar:
la constancia, el conocimiento y la honestidad del oficio.

24. El nadador del ábaco

A veces el entrenamiento no es lo más interesante del día. En la piscina donde practicábamos, siempre estaba el mismo señor en el carril uno, nadando con una concentración casi científica. Lo curioso era su método: en la orilla tenía un ábaco, y cada vez que completaba una piscina, corría una bolita para llevar la cuenta exacta.

Nadaba, llegaba a la pared, movía una bolita.
Nadaba otra, movía otra.
Todo perfectamente ordenado, como si calculara mareas o resolviera ecuaciones en el agua.

Un día, en uno de esos momentos en que la vida pide una travesura, Joaquín, el más bromista del grupo, aprovechó un descuido del señor. Mientras el nadador levantaba las gafas para ver el reloj, Joaquín le corrió tres bolitas de golpe.

Cuando el señor llegó a la orilla, vio el ábaco, vio su reloj y… brincó de alegría.

Había “nadado” tres piscinas más sin darse cuenta.
O eso creyó.

Nosotros nos aguantamos la risa.
Y él siguió feliz, convencido de que ese día había roto un récord personal.

En el deporte, a veces el progreso es entrenamiento…
y a veces es pura imaginación asistida.

23. La cazadora de Barva

Siempre he corrido con mis perros. Cuando uno se hace viejo, llega otro, y así se renueva la manada. La última en acompañarme es Tita, una Beagle incansable, nariz fina y corazón alegre.

Un día nos inscribimos en un perro cross por las montañas de Barva. Íbamos perfecto: buen ritmo, buena energía, buen ánimo. Yo pensaba que podíamos lograr un gran tiempo.

Hasta que Tita vio ardillas.

En un árbol, un par de ellas brincaban como burlándose de nosotros. Y para una Beagle, eso ya no es deporte: es destino. Tiró de la correa, olió el árbol entero, marcó el terreno y me miró como diciendo:

—La competencia puede esperar.
—La ardilla, no.

Intenté convencerla. Nada funcionó. Para ella, ese era el verdadero objetivo del día.

Y así terminó nuestra carrera: yo parado con el dorsal puesto… y Tita, concentrada en su misión ancestral de cazadora frustrada.

Ese día entendí que algunos corremos por meta,
pero otros corren por instinto.