Fue una carrera de campo traviesa en Escazú, pequeña pero muy bien organizada. Éramos 32 corredores, y al llegar a la meta entregaban un número para participar en la rifa. A mí me dieron el 16.
Había 30 premios, así que casi todos ganarían algo. Era matemática pura: uno corría… y después casi aseguraba un regalo.
Empezaron a llamar:
21… 30… 24… 15…
Los corredores salían felices con bolsas, termos, certificados, canastas. Cada número que anunciaban sonaba como una campana de buena suerte.
Pasaron veinte premios.
Luego veinticinco.
Treinta.
Y ahí seguíamos dos:
yo con el 16…
y otro pobre corredor con el 7.
La organizadora revisó la lista, contó las cajas y nos miró con una sonrisa apenada:
—Bueno… parece que hoy la suerte no corrió con ustedes.
Treinta premios, treinta ganadores,
y dos números perfectos para recordarnos que el azar tiene sentido del humor.
Ese día confirmé algo:
en las carreras se compite sudando…
pero también se pierde sentado.
