8. El bus del lunes

El entrenamiento largo nos llevó hasta Turrubares, un cantón hermoso pero aislado, donde el transporte público es más leyenda que servicio. El sol pegaba fuerte y la humedad nos seguía como una sombra pesada. Después de varias horas, noté que Eugenia venía al límite, sosteniéndose más por voluntad que por energía.

A lo lejos apareció una pulpería solitaria, como un oasis en mitad del calor. En la entrada, un rótulo azul: “Parada de bus”. Parecía una salvación.

—Descansamos ahí y te subís al bus —le dije, casi celebrando la estrategia perfecta.

Nos sentamos bajo la sombra del alero. El corazón recuperaba ritmo, el sudor se iba enfriando. Era sábado, casi las 11 de la mañana, momento ideal para salvar la jornada.

Entré y pregunté:

—¿A qué hora pasa el autobús?

La señora dejó de acomodar unos frijoles, me miró sin sorpresa y dijo con la naturalidad de quien repite algo obvio:

—El próximo pasa el lunes a las cinco de la mañana.

Salí y se lo conté a Eugenia. Primero abrió los ojos. Luego se rió. Y terminamos riéndonos los dos, como si la fatiga hubiera decidido darse por vencida.

No había bus.
No había atajo.
Solo quedaba seguir.

En Turrubares aprendimos que el cuerpo puede cansarse…
pero el buen humor siempre llega puntual.

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