28. El número equivocado

En todas las carreras siempre aparecen los agüizotes: quienes juegan la lotería con el número del dorsal, con el puesto en que llegaron o incluso con los últimos dos dígitos del tiempo oficial. Para algunos, correr es ejercicio; para otros, estadística mística.

Juancho era de esos. Nunca terminaba una carrera sin buscar qué número “le estaba hablando”.
En una competencia de tres vueltas alrededor de un parque —cada vuelta de 8 km— empezó a hacer cuentas mientras calentábamos.

—Tres vueltas por ocho kilómetros… eso da 21 —dijo convencido, como si hubiera descubierto una señal divina.

Nadie quiso corregirlo.
Era Juancho, después de todo.
Fue directo a la pulpería y compró la lotería en el 21, seguro de que el universo había corrido con él.

Esa noche revisó los resultados.
Ganó el 24.

Juancho miró el entero, lo volvió a mirar y dijo, sin perder la fe:

—¡Claro! Tres vueltas… ocho kilómetros… más los dos kilómetros que hice de más calentando. ¡Si es que uno tiene que afinar mejor la fórmula!

Y siguió buscando números.
Porque algunos corren por tiempo, otros por podio…
y otros, como Juancho, por señales que nunca llegan.

27. La escoba vallenata

En los años 90 corrí la Vuelta al Valle en Cali, una competencia famosa por ser plana, rápida y perfecta para los rodadores puros. Yo no lo era. Después de unos cuantos kilómetros, mientras adelante volaban como si tuvieran motor, yo empecé a caer hacia la parte de atrás del lote… y luego un poco más atrás.

La carrera era patrocinada por una emisora local que transmitía vallenato las 24 horas. Y como si fuera parte del reglamento, detrás de los últimos siempre venía la famosa tumba cocos, esa camioneta que recogía a los rezagados o, al menos, los acompañaba con música y ánimo caribeño.

Cuando me alcanzó, la camioneta no venía discreta:
altoparlantes a todo volumen, acordeón llorando, caja marcando el ritmo y el chofer cantando como si estuviéramos en una fiesta patronal.
Los últimos ciclistas —yo incluido— teníamos escolta musical oficial.

De pronto empezó a sonar un estribillo que todavía recuerdo, mitad burla cariñosa, mitad ánimo obligado:

“¡Si no pedalea se quedaaa… se queda… se queda!”

Era imposible no reírse, aunque uno viniera reventado.
Ahí iba yo, uno de los últimos, empujado no por táctica ni por fuerza…
sino por vallenato a todo volumen. Ese día entendí que no todas las escobas

26. Color de vago

En los años 80, tener un buen bronceado era casi un trofeo. No había bloqueadores, ni dermatólogos regañando: había aceite de coco, sol fuerte y la ilusión de verse “quemado bonito”.
Yo entrenaba en el balneario de Ojo de Agua, sin camisa, untado de aceite como si fuera una receta de cocina. Día tras día, nadando y corriendo, esperando que por fin apareciera ese color dorado que todos comentaban.

Y un día llegó.
Me vi al espejo y pensé: por fin lo logré.

Caminé por la piscina como quien estrena medalla. En eso, el Capi, el salvavidas de siempre, el que conocía a todos y tenía respuesta para todo, me vio llegar.

Se me quedó mirando un segundo y dijo, sin risa y sin filtro:

—Ya estás cogiendo color… color de vago.

Se me bajó el orgullo en un instante.
Mi bronceado soñado, rebautizado en una frase magistral.

Ese día entendí que el sol puede pintar la piel,
pero el humor tico pinta la realidad mejor que nadie.

25 Los espiás del trail

En algún momento del 2010, muchos de los corredores que ganaban las carreras de Trail y Ultra Trail entrenaban conmigo. No por magia ni secretos ocultos, sino por algo que suele tomar años: método, disciplina y coherencia. Ese simple hecho generó una incomodidad silenciosa entre algunos entrenadores… y entre otros que se hacían llamar entrenadores sin serlo.

La rivalidad empezó con comentarios, siguió con chismes y terminó en algo más triste: la necesidad de imitar. Algunos pensaban que si lograban ver “qué hacía yo”, podrían replicarlo sin haber pasado por el estudio, la experiencia o el contexto que sostiene un plan de entrenamiento real.

Un día, mientras trabajábamos cuestas, noté movimiento detrás de un árbol. No era un corredor rezagado ni un espectador curioso:
era un “entrenador” escondido, agachado, filmando la sesión como si estuviera infiltrándose en un laboratorio secreto.

Lo vi y entendí la raíz del problema:
confundían copiar ejercicios con saber entrenar,
confundían filmar con estudiar,
confundían rivalidad con profesionalismo.

El deporte necesita ética, no espionaje de aficionados.
Porque al final, lo que marca la diferencia no es un video robado,
sino algo que no se puede grabar:
la constancia, el conocimiento y la honestidad del oficio.

24. El nadador del ábaco

A veces el entrenamiento no es lo más interesante del día. En la piscina donde practicábamos, siempre estaba el mismo señor en el carril uno, nadando con una concentración casi científica. Lo curioso era su método: en la orilla tenía un ábaco, y cada vez que completaba una piscina, corría una bolita para llevar la cuenta exacta.

Nadaba, llegaba a la pared, movía una bolita.
Nadaba otra, movía otra.
Todo perfectamente ordenado, como si calculara mareas o resolviera ecuaciones en el agua.

Un día, en uno de esos momentos en que la vida pide una travesura, Joaquín, el más bromista del grupo, aprovechó un descuido del señor. Mientras el nadador levantaba las gafas para ver el reloj, Joaquín le corrió tres bolitas de golpe.

Cuando el señor llegó a la orilla, vio el ábaco, vio su reloj y… brincó de alegría.

Había “nadado” tres piscinas más sin darse cuenta.
O eso creyó.

Nosotros nos aguantamos la risa.
Y él siguió feliz, convencido de que ese día había roto un récord personal.

En el deporte, a veces el progreso es entrenamiento…
y a veces es pura imaginación asistida.

23. La cazadora de Barva

Siempre he corrido con mis perros. Cuando uno se hace viejo, llega otro, y así se renueva la manada. La última en acompañarme es Tita, una Beagle incansable, nariz fina y corazón alegre.

Un día nos inscribimos en un perro cross por las montañas de Barva. Íbamos perfecto: buen ritmo, buena energía, buen ánimo. Yo pensaba que podíamos lograr un gran tiempo.

Hasta que Tita vio ardillas.

En un árbol, un par de ellas brincaban como burlándose de nosotros. Y para una Beagle, eso ya no es deporte: es destino. Tiró de la correa, olió el árbol entero, marcó el terreno y me miró como diciendo:

—La competencia puede esperar.
—La ardilla, no.

Intenté convencerla. Nada funcionó. Para ella, ese era el verdadero objetivo del día.

Y así terminó nuestra carrera: yo parado con el dorsal puesto… y Tita, concentrada en su misión ancestral de cazadora frustrada.

Ese día entendí que algunos corremos por meta,
pero otros corren por instinto.

22. El desayuno de las tres de la mañana

En Pococí había un pequeño restaurante familiar, de esos que huelen a pan recién hecho y café chorreado desde la puerta. Cabían unas 30 personas adentro, y el parqueo tenía espacio para 20 carros, todo muy justo, muy de pueblo, muy auténtico.

Un día le comentamos al dueño que planeábamos hacer una carrera de 60 kilómetros entre Pococí y Puerto Viejo. La idea era dejar los carros ahí, desayunar temprano y, después de completar la travesía, regresar en autobús a recogerlos.

—Todos ganamos —le dijimos—. Usted tiene clientes y nosotros un lugar seguro.

El hombre sonrió, haciendo números en la cabeza. Parecía una buena idea.

Hasta que llegamos al detalle.

—La carrera sale a las 4 de la mañana —le explicamos—, así que necesitamos desayunar a las 3 a.m.

La sonrisa se desacomodó de inmediato.
Arrugó la cara, miró hacia la cocina, suspiró largo. Desayunos a las 3 de la mañana no estaban en ningún manual gastronómico ni en el sentido común.

Pero después de un momento, alzó los hombros y dijo:

—Está bien. Abrimos.

Y lo hizo.
Ahí estaba a las 3 a.m., medio dormido, pero con café caliente, gallo pinto recién hecho y un parqueo seguro para todos.

Otro héroe anónimo de esos que no corren un kilómetro, pero sin los cuales ninguna travesía sería posible.

21. El chofer que esperaba

En el mundo del deporte siempre se habla de tiempos, distancias, ritmos, récords. Pero en los entrenamientos largos hay otra verdad más discreta: uno nunca avanza solo. Siempre aparecen figuras silenciosas que sostienen el camino sin pedir nada a cambio. En los años 90, en las rutas de Puriscal, ese alguien fue Don César, el chofer del único bus que unía San José y Parrita.

Un solo viaje por día:
5 a.m. desde San José,
4 p.m. desde Parrita.
El que lo perdía, perdía también el día.
La carretera era de lastre, áspera y larga, rodeada de interminables senderos que llevaban a caseríos, fincas y montes donde el tiempo parecía caminar distinto.

Yo me metía en esos trillos para entrenar, siguiendo caminos que no sabían de horarios ni de mapas. Don César, al verme cada semana, empezó a dejarme donde yo le pedía:
en esa entrada,
en aquella pulpería,
en ese desvío que parece no llevar a ninguna parte.

Él seguía su ruta; yo seguía la mía.
Pero de alguna forma, nuestras rutas se tejían.

Un día salí tarde del monte. Muy tarde. Le escribí por celular —con la poca señal que había entonces— avisándole que venía bajando. El bus debía irse.
Pero me esperó.
Diez minutos.
Diez minutos en los que entendí algo que no cabe en un reloj:

A veces los verdaderos apoyos no vienen en forma de entrenadores, medallas o planes;
vienen de personas que, sin compartir tu carrera, entienden tu camino.
Y ese entendimiento es una forma de compañía más profunda que cualquier biometría.

En la vida, como en la montaña, uno avanza gracias a quienes deciden —por pura humanidad— esperarlo.

20. La anda

Entre Ojo de Agua y el centro de Belén, a finales de los setenta, había una sola calle. Angosta, silenciosa y oscura. Pasaba junto a un cementerio sin luces, un tramo que incluso de día se sentía frío… y que en la madrugada parecía otro mundo.

Según mi diario, era el 16 de octubre de 1979 cuando pasé por ahí entrenando antes del amanecer. No había carros, no había casas cercanas, no había nada. Solo el sonido de mis pasos y mi respiración en el aire húmedo.

Justo después del cementerio, escuché algo.
Pasos.
Detrás de mí.

Me detuve un segundo internamente.
No podía ser.
A esa hora nadie corría por ahí.

Volví a correr, un poco más rápido.
Los pasos también.
Aceleré de nuevo.
Los pasos se acercaban.
Ya podía sentirlos respirando detrás de mí.

El tramo oscuro parecía no terminar nunca. La adrenalina subió tan fuerte que ni sentía las piernas. La sensación era clara: algo venía siguiéndome.

Hasta que, sin aviso, una mano cayó sobre mi espalda.
Una palmada seca.
Fuerte.

Me quedé helado.
El corazón dio un golpe en el pecho que casi me detuvo.

Entonces escuché, en un tono alegre que contrastaba con el terror del momento:

¡La anda!

Me giré.
Era un loquito del barrio, famoso por escaparse en las madrugadas, persiguiendo sombras para jugar “la anda”.

Yo respiré, pero no de alivio… sino porque el alma por fin me alcanzó de regreso.

19. Cuando la medalla era de verdad

A principios de los años 80, las carreras dominicales eran simples y sinceras. Se pagaba una cuota simbólica, casi más por compromiso que por necesidad. Los primeros 100 corredores que cruzaban la meta recibían una medalla y una camiseta. Y los tres primeros, un trofeo que realmente valía la pena.
Todo era básico… pero auténtico.

Con el tiempo llegaron los patrocinadores. Y con ellos la modernidad, el ruido, los pendones, los inflables, los logos gigantes. Pero también llegó algo inesperado: el aumento de precios.

Lo que antes era un premio, ahora se volvió una compra obligatoria:
pagabas por la medalla, pagabas por la camiseta, pagabas por la inscripción…
y, para rematar, pagabas por hacerle propaganda a la empresa que organizaba la carrera.

Mientras tanto, lo verdaderamente simbólico —el premio para los ganadores— se fue haciendo pequeño, casi invisible. El trofeo quedó relegado a un rincón mientras la camiseta patrocinada se volvió la estrella del día.

A veces, viendo cómo evolucionaron las cosas, uno piensa que las carreras cambiaron de filosofía:
antes corrías para ganar o para participar;
ahora corrés para pagar.

Y lo que era simbólico antes…
se volvió simbólico después, pero por otras razones.