2. La salida con bombetas

La carrera era en Desamparaditos de Puriscal, en plena fiesta popular. El aire olía a maíz asado, pólvora y música de turno. Los corredores estábamos alineados, tensos, esperando el conteo clásico: 3, 2, 1…

Pero el organizador no decía nada.
Solo levantó la mano, como quien busca silencio.
Nos inclinamos hacia adelante, listos para arrancar en cuanto diera la señal.

Entonces estallaron dos bombetas en el cielo.
¡PUM! ¡PUM!

Nadie se movió.
Nos miramos sorprendidos, algunos hasta se taparon los oídos.
Silencio total.

El organizador abrió los brazos, exasperado:

—¡¿Por qué no salieron?! ¡Esa era la salida!

Entendimos demasiado tarde que en Puriscal no había pistola de inicio, ni conteo, ni protocolo:
la salida era la pólvora, como manda la tradición.

Arrancamos desordenados, unos riéndose, otros todavía confundidos.
Y mientras corríamos, pensé que en las carreras rurales las reglas son simples:

se sale cuando el cielo truena.

Nos miramos, incrédulos.
Las manos vacías, el corazón entre risa y resignación.

La organizadora revisó la lista, contó las cajas, volvió a contar.
Todo estaba en orden: los premios eran treinta y ya estaban entregados.

—Bueno… —dijo sonriendo con culpa—. A veces la suerte también hace deporte.

Nunca entendí cómo, entre 32 personas y 30 premios, fui parte del 6% que nunca gana nada.

Ese día aprendí que en las carreras se compite corriendo… pero se pierde también sentado.

1. Muy cerca de las nubes

A finales de los setenta viajamos a Toluca, México, para una carrera ciclística en honor a San José. Toluca queda tan alto que uno siente que pedalea cerca de las nubes, y nosotros llegábamos con más ganas que ciencia. Nuestro entrenador, Conde, era mecánico automotriz y aprendía de deporte escuchando programas colombianos y mexicanos en radio de onda corta. Ese era nuestro “método”.

Amaneció lloviendo, con una niebla espesa que parecía tragarse la carretera. El frío nos mordía los dedos. No había cremas térmicas ni ropa técnica: había tradición.
Nos frotamos el cuerpo con manteca de cerdo y nos pusimos papel periódico en el pecho para cortar el viento. Era lo que se hacía entonces, lo que hacían los “duros”.

Pero en carrera el cuerpo empieza a hervir. La manteca se derritió, se mezcló con el sudor y el periódico húmedo. Pronto, un olor insoportable se levantó alrededor de nosotros. Los rivales nos pasaban tapándose la nariz; algunos murmuraban que algo raro llevábamos encima.

Al final, surgió la acusación:
—¡Eso huele a dopaje!

No era dopaje.
Era creatividad, pobreza y terquedad.
Era otra época, otro deporte.

Y era, literalmente, el olor del esfuerzo.

Prólogo

Mientras el cuerpo siga — Relatos de un cuerpo que insiste

Hay cuerpos que avanzan por disciplina, otros por ambición. El mío —como tantos otros— avanza por una necesidad más antigua: comprender el mundo a través del movimiento. No recuerdo un tiempo en que no intentara hacerlo. Algunos aprenden a leer observando letras; yo aprendí observando montañas, trillos, madrugadas y el ritmo constante de mi propia respiración.

Durante cincuenta años he corrido, pedaleado, nadado, caminado y tropezado. Pero, sobre todo, he observado. El cuerpo es un archivo silencioso: guarda lo que uno quiso olvidar y revela lo que uno tardó décadas en entender. En cada kilómetro queda escrita una idea. En cada cuesta, una duda. En cada fondo, una certeza que solo aparece cuando el cansancio derrite todo lo superficial.

Estos relatos no pretenden enseñar nada. Nacieron simplemente de la necesidad de escuchar lo que el cuerpo —este terco compañero— fue diciendo con el tiempo. Son pequeñas escenas donde la vida se asoma disfrazada de deporte: la bondad de un chofer que espera, la travesura de un amigo, el humor involuntario de una competencia, el silencio inmenso de un amanecer en Puriscal.

Con los años comprendí que uno no se mueve para ser más fuerte, ni más rápido, ni más joven. Uno se mueve para seguir siendo. Para mantener encendida esa chispa mínima que nos une al paisaje, al tiempo y a los demás.

Mientras el cuerpo siga —aunque sea despacio, aunque proteste— la vida continúa ofreciendo caminos. Y cada camino trae un relato.
Este libro recoge algunos.