Entrenábamos para el Ultra Trail, y ese día me tocó una salida larga por los alrededores de Puriscal. Tomé un desvío de tierra confiando en la intuición, en esa falsa seguridad que uno siente cuando cree conocer la montaña.
El camino se volvió cada vez más solitario:
piedras sueltas, raíces traicioneras, subidas eternas y descensos que parecían tragarse la luz. El calor se pegaba a la piel y la humedad hacía más difícil cada zancada. En algún punto dejé de reconocer los cerros. No había casas, ni carros, ni un perro a lo lejos.
Me detuve.
La pregunta llegó sola: ¿Estoy perdido?
Seguí avanzando, más por necesidad que por certeza. El reloj marcaba kilómetros, pero no marcaba rumbo. El silencio era tan grande que hasta mi respiración parecía ajena.
De pronto apareció un campesino, caminando con sombrero y machete, la primera persona que veía en más de una hora.
—Buenas… ¿voy bien para salir al camino principal? —pregunté.
El hombre me miró con calma, como leyendo algo más que mis palabras.
—Depende —dijo—. ¿A dónde quiere llegar?
No supe responder. No lo tenía claro.
Él sonrió.
—Entonces siga recto. Cuando uno no sabe para dónde va, lo importante es no quedarse parado.
Seguí corriendo.
Quizá no estaba menos perdido… pero sí más acompañado.
