Habíamos corrido 80 kilómetros como quien dice “un entrenito suave”. Terminamos destruidos, buscando dónde sentarnos, dónde estirar o dónde llorar sin que se notara. El plan era descansar un rato y luego ver cómo regresábamos… caminando, gateando o rodando cuesta abajo.
De pronto, César se queda quieto, con esa mirada de alguien que recuerda algo importante… pero tarde.
—Muchachos… hoy cumplo 50 años —dice.
Nos reímos, porque después de 80 km cualquiera aparenta 50… aunque tenga 25. Pero César siguió:
—Y hoy cumplimos cinco años de casados.
La risa empezó a sonar nerviosa.
Y antes de que asimiláramos eso, remató:
—Y mis gemelos cumplen cinco años también… así que me urge regresar a la casa.
Quedamos mudos.
Correr 80 km era una cosa…
pero llegar tarde a ese triple aniversario era una prueba de ultra que ninguno quería enfrentar.
En menos de cinco segundos pasamos de zombis a velocistas.
Si hubiera un récord mundial de “recuperación por susto conyugal”, lo rompemos ese día.
Porque hay dolores que se aguantan…
pero un aniversario triple es una carrera que no se puede perder.
