En Flores hay una recta perfecta: un kilómetro completamente plano, ideal para entrenar velocidad sin distracciones. Casi siempre está llena de grupos con entrenadores, cronómetros y voces de mando. Pero ese día fui solo. Mi único objetivo era bajar el tiempo en el kilómetro, así que hice varias tiradas dándolo todo.
Terminé exhausto y me senté en el caño a recuperar el aliento. Entonces se acercó un hombre con camiseta técnica y gafas oscuras, caminando con esa seguridad de quien quiere ser escuchado.
—¿Cómo se le ocurre venir con chancletas? —me reclamó—. Se puede lesionar. Y lo digo con conocimiento de causa: soy entrenador certificado por la federación.
Lo dijo como si revelara un título nobiliario.
Yo solo respiré hondo y lo dejé hablar.
Mientras enumeraba lesiones, protocolos y advertencias, pensé en silencio:
esos cursos duran un fin de semana…
y yo pasé casi diez años en la universidad para obtener una maestría.
A veces la gente confunde un certificado rápido con una sabiduría que toma décadas.
Creen que la técnica está en el papel,
y no en el cuerpo que ha aprendido a moverse durante medio siglo.
Cuando terminó su discurso, se fue satisfecho.
Yo me amarré las sandalias, me puse de pie
y seguí entrenando.
