27. La escoba vallenata

En los años 90 corrí la Vuelta al Valle en Cali, una competencia famosa por ser plana, rápida y perfecta para los rodadores puros. Yo no lo era. Después de unos cuantos kilómetros, mientras adelante volaban como si tuvieran motor, yo empecé a caer hacia la parte de atrás del lote… y luego un poco más atrás.

La carrera era patrocinada por una emisora local que transmitía vallenato las 24 horas. Y como si fuera parte del reglamento, detrás de los últimos siempre venía la famosa tumba cocos, esa camioneta que recogía a los rezagados o, al menos, los acompañaba con música y ánimo caribeño.

Cuando me alcanzó, la camioneta no venía discreta:
altoparlantes a todo volumen, acordeón llorando, caja marcando el ritmo y el chofer cantando como si estuviéramos en una fiesta patronal.
Los últimos ciclistas —yo incluido— teníamos escolta musical oficial.

De pronto empezó a sonar un estribillo que todavía recuerdo, mitad burla cariñosa, mitad ánimo obligado:

“¡Si no pedalea se quedaaa… se queda… se queda!”

Era imposible no reírse, aunque uno viniera reventado.
Ahí iba yo, uno de los últimos, empujado no por táctica ni por fuerza…
sino por vallenato a todo volumen. Ese día entendí que no todas las escobas

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