22. El desayuno de las tres de la mañana

En Pococí había un pequeño restaurante familiar, de esos que huelen a pan recién hecho y café chorreado desde la puerta. Cabían unas 30 personas adentro, y el parqueo tenía espacio para 20 carros, todo muy justo, muy de pueblo, muy auténtico.

Un día le comentamos al dueño que planeábamos hacer una carrera de 60 kilómetros entre Pococí y Puerto Viejo. La idea era dejar los carros ahí, desayunar temprano y, después de completar la travesía, regresar en autobús a recogerlos.

—Todos ganamos —le dijimos—. Usted tiene clientes y nosotros un lugar seguro.

El hombre sonrió, haciendo números en la cabeza. Parecía una buena idea.

Hasta que llegamos al detalle.

—La carrera sale a las 4 de la mañana —le explicamos—, así que necesitamos desayunar a las 3 a.m.

La sonrisa se desacomodó de inmediato.
Arrugó la cara, miró hacia la cocina, suspiró largo. Desayunos a las 3 de la mañana no estaban en ningún manual gastronómico ni en el sentido común.

Pero después de un momento, alzó los hombros y dijo:

—Está bien. Abrimos.

Y lo hizo.
Ahí estaba a las 3 a.m., medio dormido, pero con café caliente, gallo pinto recién hecho y un parqueo seguro para todos.

Otro héroe anónimo de esos que no corren un kilómetro, pero sin los cuales ninguna travesía sería posible.

21. El chofer que esperaba

En el mundo del deporte siempre se habla de tiempos, distancias, ritmos, récords. Pero en los entrenamientos largos hay otra verdad más discreta: uno nunca avanza solo. Siempre aparecen figuras silenciosas que sostienen el camino sin pedir nada a cambio. En los años 90, en las rutas de Puriscal, ese alguien fue Don César, el chofer del único bus que unía San José y Parrita.

Un solo viaje por día:
5 a.m. desde San José,
4 p.m. desde Parrita.
El que lo perdía, perdía también el día.
La carretera era de lastre, áspera y larga, rodeada de interminables senderos que llevaban a caseríos, fincas y montes donde el tiempo parecía caminar distinto.

Yo me metía en esos trillos para entrenar, siguiendo caminos que no sabían de horarios ni de mapas. Don César, al verme cada semana, empezó a dejarme donde yo le pedía:
en esa entrada,
en aquella pulpería,
en ese desvío que parece no llevar a ninguna parte.

Él seguía su ruta; yo seguía la mía.
Pero de alguna forma, nuestras rutas se tejían.

Un día salí tarde del monte. Muy tarde. Le escribí por celular —con la poca señal que había entonces— avisándole que venía bajando. El bus debía irse.
Pero me esperó.
Diez minutos.
Diez minutos en los que entendí algo que no cabe en un reloj:

A veces los verdaderos apoyos no vienen en forma de entrenadores, medallas o planes;
vienen de personas que, sin compartir tu carrera, entienden tu camino.
Y ese entendimiento es una forma de compañía más profunda que cualquier biometría.

En la vida, como en la montaña, uno avanza gracias a quienes deciden —por pura humanidad— esperarlo.

20. La anda

Entre Ojo de Agua y el centro de Belén, a finales de los setenta, había una sola calle. Angosta, silenciosa y oscura. Pasaba junto a un cementerio sin luces, un tramo que incluso de día se sentía frío… y que en la madrugada parecía otro mundo.

Según mi diario, era el 16 de octubre de 1979 cuando pasé por ahí entrenando antes del amanecer. No había carros, no había casas cercanas, no había nada. Solo el sonido de mis pasos y mi respiración en el aire húmedo.

Justo después del cementerio, escuché algo.
Pasos.
Detrás de mí.

Me detuve un segundo internamente.
No podía ser.
A esa hora nadie corría por ahí.

Volví a correr, un poco más rápido.
Los pasos también.
Aceleré de nuevo.
Los pasos se acercaban.
Ya podía sentirlos respirando detrás de mí.

El tramo oscuro parecía no terminar nunca. La adrenalina subió tan fuerte que ni sentía las piernas. La sensación era clara: algo venía siguiéndome.

Hasta que, sin aviso, una mano cayó sobre mi espalda.
Una palmada seca.
Fuerte.

Me quedé helado.
El corazón dio un golpe en el pecho que casi me detuvo.

Entonces escuché, en un tono alegre que contrastaba con el terror del momento:

¡La anda!

Me giré.
Era un loquito del barrio, famoso por escaparse en las madrugadas, persiguiendo sombras para jugar “la anda”.

Yo respiré, pero no de alivio… sino porque el alma por fin me alcanzó de regreso.

19. Cuando la medalla era de verdad

A principios de los años 80, las carreras dominicales eran simples y sinceras. Se pagaba una cuota simbólica, casi más por compromiso que por necesidad. Los primeros 100 corredores que cruzaban la meta recibían una medalla y una camiseta. Y los tres primeros, un trofeo que realmente valía la pena.
Todo era básico… pero auténtico.

Con el tiempo llegaron los patrocinadores. Y con ellos la modernidad, el ruido, los pendones, los inflables, los logos gigantes. Pero también llegó algo inesperado: el aumento de precios.

Lo que antes era un premio, ahora se volvió una compra obligatoria:
pagabas por la medalla, pagabas por la camiseta, pagabas por la inscripción…
y, para rematar, pagabas por hacerle propaganda a la empresa que organizaba la carrera.

Mientras tanto, lo verdaderamente simbólico —el premio para los ganadores— se fue haciendo pequeño, casi invisible. El trofeo quedó relegado a un rincón mientras la camiseta patrocinada se volvió la estrella del día.

A veces, viendo cómo evolucionaron las cosas, uno piensa que las carreras cambiaron de filosofía:
antes corrías para ganar o para participar;
ahora corrés para pagar.

Y lo que era simbólico antes…
se volvió simbólico después, pero por otras razones.

18. Urgencias de cumpleaños

Habíamos corrido 80 kilómetros como quien dice “un entrenito suave”. Terminamos destruidos, buscando dónde sentarnos, dónde estirar o dónde llorar sin que se notara. El plan era descansar un rato y luego ver cómo regresábamos… caminando, gateando o rodando cuesta abajo.

De pronto, César se queda quieto, con esa mirada de alguien que recuerda algo importante… pero tarde.

—Muchachos… hoy cumplo 50 años —dice.

Nos reímos, porque después de 80 km cualquiera aparenta 50… aunque tenga 25. Pero César siguió:

—Y hoy cumplimos cinco años de casados.

La risa empezó a sonar nerviosa.
Y antes de que asimiláramos eso, remató:

—Y mis gemelos cumplen cinco años también… así que me urge regresar a la casa.

Quedamos mudos.
Correr 80 km era una cosa…
pero llegar tarde a ese triple aniversario era una prueba de ultra que ninguno quería enfrentar.

En menos de cinco segundos pasamos de zombis a velocistas.
Si hubiera un récord mundial de “recuperación por susto conyugal”, lo rompemos ese día.

Porque hay dolores que se aguantan…
pero un aniversario triple es una carrera que no se puede perder.

17. El hotel equivocado

La primera vez que corrimos 100 kilómetros fue un experimento muy serio. Solo éramos tres, pero llevábamos todo estudiado al detalle: ruta, abastecimientos, ritmos, puntos de escape, contactos de emergencia, clima, hasta las horas ideales para comer. Era un plan impecable… al menos sobre el papel.

La carrera improvisada salió bien. Dolor, cansancio y risas en partes iguales. Llegamos enteros, maltrechos pero orgullosos. Y para cerrar el día escogimos un buen hotel, con la idea de darnos el descanso que un cuerpo merece después de tanto castigo.

Parecía perfecto.
Hasta que vimos el detalle fatal.

—¿En qué piso están las habitaciones?
—En el segundo —respondió la recepcionista, como si nada.

Nos miramos con una mezcla de risa y terror.
Porque si hay algo que un cuerpo no perdona después de 100 kilómetros…
son los escalones.

Cada peldaño era una tortura. Subimos como ancianos sin bastón, agarrándonos de la baranda, negociando cada movimiento. Una epopeya silenciosa, lenta y ridícula.

Ese día aprendimos una gran lección de ultra:
podés planear todo —hidratarte bien, comer bien, prever emergencias—
pero si escogés un hotel en segundo piso…
la verdadera última etapa empieza ahí.

16. Cuando no hay fútbol

En los años 80, las carreras dominicales tenían un enemigo invencible: el fútbol. Si había partido, los medios no miraban hacia otro lado, y el atletismo quedaba relegado a la sombra. Para muchos periodistas, correr era apenas un pasatiempo de unos cuantos tercos.

Aquella mañana esperábamos la salida de la San José–Santa Ana, cuando todavía arrancaba en pleno Parque Central. Los corredores estiraban, calentaban, conversaban; el ambiente tenía esa mezcla de café, sudor temprano y expectativa silenciosa.

Entonces apareció un periodista deportivo, algo desubicado, como si hubiera llegado a un lugar que no salía en su libreto. Avanzó entre los corredores con su micrófono, mirando a todos como quien explora un territorio desconocido.

Detrás de nosotros, alguien soltó la frase exacta, dicha con ironía fina y resignación antigua:

Vea, vea… ahí vienen esos. Como hoy no hay fútbol, ahora sí se acordaron de nosotros.

El periodista siguió adelante sin escucharlo, buscando una historia que, para él, solo existía cuando la bola descansaba.

Ese día quedó claro que el atletismo nunca dependió de cámaras ni titulares.
Dependió —como siempre— de quienes madrugan, aunque nadie esté mirando.

15. El desayuno internacional

En la Vuelta a la Juventud de Colombia, 1977, el cuarteto nacional llevaba un refuerzo recién reclutado de una zona muy rural de Río Frío. Era fuerte, humilde y silencioso, de esos ciclistas que parecían hechos de montaña y trabajo.

La mañana de la primera etapa estábamos en el comedor del hotel. Sobre la mesa, lo de siempre: arroz con huevo y café negro, el combustible de toda la vida. Pero desde su asiento, el muchacho vio al equipo de Canadá desayunar algo muy distinto: cereal, yogur y banano, como sacado de una revista de salud.

Con una mezcla de curiosidad e ilusión, levantó la mano y pidió lo mismo.

Nosotros seguimos con lo nuestro.
Él estrenó la modernidad en la mesa.

La etapa arrancó puntual. El ritmo era fuerte, pero normal para una vuelta juvenil. Sin embargo, a los 20 kilómetros, el nuevo compañero levantó la mano, se abrió al carro y abandonó la carrera.

La razón fue inmediata y contundente:
una diarrea explosiva, cortesía del desayuno internacional.

Aprendimos algo ese día:
no todo lo que comen los equipos extranjeros es nutrición avanzada…
y no todo estómago está listo para recibir la globalización a las seis de la mañana.

A veces el cuerpo sabe más de territorio que de moda.

14. La alcancía sin fondo

En un programa de radio hablábamos de lo caro que se ha vuelto mantener una bicicleta sin patrocinio. Cada año salen piezas nuevas, más livianas, más brillantes, más irresistibles. Que unos pedales con 40 gramos menos, que la versión 14 pesa 20 gramos menos que la 13… y así, poco a poco, la bicicleta se convierte en una alcancía sin fondo.

Comentábamos el asunto con resignación cuando entró una llamada al aire.
Un aficionado, con voz tranquila, dijo:

—Miren, yo ya resolví ese problema.
En vez de gastar en piezas nuevas… bajo de peso yo.
Un kilo menos equivale como a 500 dólares en repuestos.

Nos quedamos en silencio unos segundos, procesando la lógica.
Tenía razón. Y duele más admitirla que aplicarla.

En un mundo donde obsesionarse con la ligereza cuesta fortunas, él encontró la fórmula más simple: aligerar el cuerpo, no la billetera.

Ahí entendí que el ciclismo moderno está lleno de tecnología, gramajes y algoritmos, pero a veces la mejor actualización es la que uno hace por dentro, no en la bicicleta.

Y sí: sigue siendo una alcancía sin fondo…
pero algunos, al menos, aprendieron a ponerle tapa.

13. La catarata que no existe en verano

Un amigo nos enseñó la foto de una catarata llamada La Reina, escondida entre Puriscal y Turrubares. El lugar parecía sacado de un cuento: un hilo de agua cayendo entre paredes verdes, un rincón secreto que parecía reclamar visita. Conseguimos la hoja cartográfica de la zona —como en los tiempos donde se exploraba con papel y brújula— y nos fuimos a buscarla.

Caminamos horas. Subidas, bajadas, portillos, senderos sin dueño. Mirábamos el mapa, mirábamos el río, mirábamos el horizonte… y nada. La Reina no aparecía. No estaba en el cauce, no estaba tras la curva, no estaba en ningún punto donde debería estar.

Cansados, entramos a una pulpería a preguntar.
El pulpero, sin sorpresa ni misterio, nos dijo:

—Esa catarata solo se ve en la estación húmeda.

Entonces entendimos lo que el mapa no decía: Costa Rica tiene dos estaciones muy definidas, pero los caminos, los ríos y las montañas tienen sus propios tiempos. Hay cosas que solo existen cuando el agua cae, igual que hay recuerdos que solo regresan cuando uno se moja por dentro.

Nunca encontramos La Reina.
O tal vez sí: descubrimos que no todo lo que se busca aparece y no todo lo que aparece dura.