No ganó la carrera. Tampoco subió al podio. Llegó lejos de los primeros, con las piernas endurecidas por la lluvia y el frío de montaña. Pero en una curva solitaria vio a un niño aplaudiendo bajo el aguacero. El pequeño agitaba una bandera hecha con una bolsa plástica roja y sonreía como si estuviera viendo pasar al campeón del mundo.
El corredor levantó una mano y siguió pedaleando.
Esa noche entendió algo extraño: durante años había confundido velocidad con felicidad. Después de aquella carrera dejó de perseguir resultados. Empezó a caminar más despacio y a escuchar mejor el mundo.
