32. La carrera perfecta

A principios de los años ochenta, organizar una carrera era relativamente sencillo. Había pocas categorías, es cierto, pero también había cuotas de inscripción bajas, premios dignos y una sensación de que el corredor era la razón de ser del evento.

Con los años llegaron los patrocinadores, las redes sociales, las plataformas de inscripción, los arcos inflables, las camisetas técnicas, las medallas gigantes y las fotografías instantáneas. Todo parecía una evolución natural.

Pero algo cambió.

Las inscripciones se volvieron cada vez más caras. Las categorías empezaron a desaparecer. Los premios para los ganadores se hicieron más pequeños. Sin embargo, la participación aumentaba año tras año.

Un domingo, mientras recogíamos los números de corredor, alguien hizo una observación que nos dejó pensando:

—Qué curioso. Cada vez hay más participantes, menos categorías y menos premios.

Miró la fila interminable de corredores y agregó:

—Parece que aquí solo hay un ganador.

Nadie preguntó quién.

No hacía falta.

Las carreras modernas descubrieron algo que antes no existía: el negocio de vender la experiencia. Ya no importa tanto quién gana, sino cuántos pagan por estar en la salida.

Por supuesto, todavía hay organizadores honestos y eventos extraordinarios. Pero a veces, observando ciertas inscripciones, ciertos premios y ciertos balances, uno tiene la impresión de que el atleta pasó de ser protagonista a convertirse en cliente.

Y cuando eso ocurre, la meta deja de estar en la línea de llegada.

La meta está en la caja registradora.

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