En algún momento del 2010, muchos de los corredores que ganaban las carreras de Trail y Ultra Trail entrenaban conmigo. No por magia ni secretos ocultos, sino por algo que suele tomar años: método, disciplina y coherencia. Ese simple hecho generó una incomodidad silenciosa entre algunos entrenadores… y entre otros que se hacían llamar entrenadores sin serlo.
La rivalidad empezó con comentarios, siguió con chismes y terminó en algo más triste: la necesidad de imitar. Algunos pensaban que si lograban ver “qué hacía yo”, podrían replicarlo sin haber pasado por el estudio, la experiencia o el contexto que sostiene un plan de entrenamiento real.
Un día, mientras trabajábamos cuestas, noté movimiento detrás de un árbol. No era un corredor rezagado ni un espectador curioso:
era un “entrenador” escondido, agachado, filmando la sesión como si estuviera infiltrándose en un laboratorio secreto.
Lo vi y entendí la raíz del problema:
confundían copiar ejercicios con saber entrenar,
confundían filmar con estudiar,
confundían rivalidad con profesionalismo.
El deporte necesita ética, no espionaje de aficionados.
Porque al final, lo que marca la diferencia no es un video robado,
sino algo que no se puede grabar:
la constancia, el conocimiento y la honestidad del oficio.
