La radio transmitía el Maratón de Medellín como si fuera un partido de final. El locutor colombiano hablaba rápido, emocionado, con ese acento que convierte cualquier frase en relato épico.
—Va punteando un africano de nombre impronunciable —decía—. ¡Atención, atención!
Yo escuchaba pegado al parlante, imaginando la escena.
De pronto, el narrador empezó a gritar:
—¡Llegando a la meta el keniata! ¡A cien metros! ¡Doscientos! ¡Trescientos! ¡Cruza…!
Me quedé en silencio.
Algo no cuadraba.
El corredor se alejaba de la meta en lugar de acercarse. El locutor, perdido en la emoción, narró los metros… al revés: mientras más lejos estaba el atleta, más cerca lo anunciaba.
La transmisión siguió como si nada.
Celebraron su “victoria”, sonaron aplausos grabados, cambiaron de tema. Y yo seguía riéndome solo, pensando en cómo un error tan simple podía convertirse en un instante memorable.
A veces el atletismo no necesita suspenso:
la radio lo inventa por uno.
