Nos preparábamos para trazar la ruta de un kilómetro vertical, una rareza en Costa Rica. La idea no era solo deportiva: queríamos llevar útiles escolares a una pequeña escuela rural ubicada en la cima de la montaña. Había mapas, brújulas, conversaciones sobre desniveles y muchas dudas sobre cuál sería la mejor ruta.
Después de varias visitas llegamos a la escuela para coordinar detalles. El edificio era pequeño, rodeado de potreros y neblina. Desde allí se veía medio país.
El director nos recibió con entusiasmo. Escuchó el proyecto, observó los mapas y preguntó cuántas personas pensábamos llevar.
—Tal vez unas cincuenta —respondimos.
Asintió con la cabeza y sonrió.
—Muy bonito todo eso de los útiles escolares —dijo—. Pero tengo una pregunta.
Esperamos alguna consulta sobre permisos, seguridad o alimentación.
—Cuando lleguen a la meta… ¿quieren jugar fútbol contra el equipo del pueblito?
Nos quedamos viendo unos a otros.
Habíamos pensado en hidratación, primeros auxilios, desnivel acumulado, transporte y logística.
Lo que nunca contemplamos fue disputar un partido de fútbol después de subir mil metros verticales.
El director siguió hablando como si fuera la cosa más natural del mundo.
—Los muchachos están entrenando.
En la montaña aprendí muchas veces que cada persona entiende el esfuerzo de manera diferente. Para nosotros, llegar a la cima era el objetivo.
Para ellos, era apenas el calentamiento.
