A veces el entrenamiento no es lo más interesante del día. En la piscina donde practicábamos, siempre estaba el mismo señor en el carril uno, nadando con una concentración casi científica. Lo curioso era su método: en la orilla tenía un ábaco, y cada vez que completaba una piscina, corría una bolita para llevar la cuenta exacta.
Nadaba, llegaba a la pared, movía una bolita.
Nadaba otra, movía otra.
Todo perfectamente ordenado, como si calculara mareas o resolviera ecuaciones en el agua.
Un día, en uno de esos momentos en que la vida pide una travesura, Joaquín, el más bromista del grupo, aprovechó un descuido del señor. Mientras el nadador levantaba las gafas para ver el reloj, Joaquín le corrió tres bolitas de golpe.
Cuando el señor llegó a la orilla, vio el ábaco, vio su reloj y… brincó de alegría.
Había “nadado” tres piscinas más sin darse cuenta.
O eso creyó.
Nosotros nos aguantamos la risa.
Y él siguió feliz, convencido de que ese día había roto un récord personal.
En el deporte, a veces el progreso es entrenamiento…
y a veces es pura imaginación asistida.
