En los años 80, tener un buen bronceado era casi un trofeo. No había bloqueadores, ni dermatólogos regañando: había aceite de coco, sol fuerte y la ilusión de verse “quemado bonito”.
Yo entrenaba en el balneario de Ojo de Agua, sin camisa, untado de aceite como si fuera una receta de cocina. Día tras día, nadando y corriendo, esperando que por fin apareciera ese color dorado que todos comentaban.
Y un día llegó.
Me vi al espejo y pensé: por fin lo logré.
Caminé por la piscina como quien estrena medalla. En eso, el Capi, el salvavidas de siempre, el que conocía a todos y tenía respuesta para todo, me vio llegar.
Se me quedó mirando un segundo y dijo, sin risa y sin filtro:
—Ya estás cogiendo color… color de vago.
Se me bajó el orgullo en un instante.
Mi bronceado soñado, rebautizado en una frase magistral.
Ese día entendí que el sol puede pintar la piel,
pero el humor tico pinta la realidad mejor que nadie.
