En un programa de radio hablábamos de lo caro que se ha vuelto mantener una bicicleta sin patrocinio. Cada año salen piezas nuevas, más livianas, más brillantes, más irresistibles. Que unos pedales con 40 gramos menos, que la versión 14 pesa 20 gramos menos que la 13… y así, poco a poco, la bicicleta se convierte en una alcancía sin fondo.
Comentábamos el asunto con resignación cuando entró una llamada al aire.
Un aficionado, con voz tranquila, dijo:
—Miren, yo ya resolví ese problema.
En vez de gastar en piezas nuevas… bajo de peso yo.
Un kilo menos equivale como a 500 dólares en repuestos.
Nos quedamos en silencio unos segundos, procesando la lógica.
Tenía razón. Y duele más admitirla que aplicarla.
En un mundo donde obsesionarse con la ligereza cuesta fortunas, él encontró la fórmula más simple: aligerar el cuerpo, no la billetera.
Ahí entendí que el ciclismo moderno está lleno de tecnología, gramajes y algoritmos, pero a veces la mejor actualización es la que uno hace por dentro, no en la bicicleta.
Y sí: sigue siendo una alcancía sin fondo…
pero algunos, al menos, aprendieron a ponerle tapa.
