11. El reloj que no da la hora

El siglo XXI trajo apps para correr, para dormir, para respirar… para todo. Y los relojes inteligentes se volvieron pequeños oráculos. Aniceto fue el primero del grupo en rendirse a la magia digital: se compró un aparato que medía distancia, velocidad, altitud, clima, humedad, carga de entrenamiento y hasta parecía capaz de leer la mente.

Ese día pedaleábamos hacia la finca de Don Luis, donde debíamos llegar a las 12 en punto para almorzar. Ellos eran puntuales como campana de iglesia, así que no queríamos fallar.

—Tranquilos —dijo Aniceto mirando su superreloj—, faltan 1.600 metros para llegar.

Buenísimo.
Pero faltaba la pregunta esencial.

—Perfecto… ¿y qué hora es?

Ahí empezó el espectáculo.
Tocó la pantalla, la deslizó, abrió menús, submenús, modos deportivos, gráficos y alertas. El reloj mostraba todo: el ritmo instantáneo, la probabilidad de lluvia, el desnivel, la cadencia, hasta el tiempo que “debería” dormir esa noche.

Todo… menos la hora.

Aniceto suspiró, derrotado.

—Este aparato sabe cuánto respiro… pero no dónde ver la hora.

Llegamos tarde, por supuesto.
Don Luis nos esperaba en la puerta, sonriendo como quien ya conoce nuestras excusas.

La tecnología puede medirlo todo.
El problema —siempre— es encontrar lo que uno realmente necesita.

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