17. El hotel equivocado

La primera vez que corrimos 100 kilómetros fue un experimento muy serio. Solo éramos tres, pero llevábamos todo estudiado al detalle: ruta, abastecimientos, ritmos, puntos de escape, contactos de emergencia, clima, hasta las horas ideales para comer. Era un plan impecable… al menos sobre el papel.

La carrera improvisada salió bien. Dolor, cansancio y risas en partes iguales. Llegamos enteros, maltrechos pero orgullosos. Y para cerrar el día escogimos un buen hotel, con la idea de darnos el descanso que un cuerpo merece después de tanto castigo.

Parecía perfecto.
Hasta que vimos el detalle fatal.

—¿En qué piso están las habitaciones?
—En el segundo —respondió la recepcionista, como si nada.

Nos miramos con una mezcla de risa y terror.
Porque si hay algo que un cuerpo no perdona después de 100 kilómetros…
son los escalones.

Cada peldaño era una tortura. Subimos como ancianos sin bastón, agarrándonos de la baranda, negociando cada movimiento. Una epopeya silenciosa, lenta y ridícula.

Ese día aprendimos una gran lección de ultra:
podés planear todo —hidratarte bien, comer bien, prever emergencias—
pero si escogés un hotel en segundo piso…
la verdadera última etapa empieza ahí.

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