10. El experimento de los 62 kilómetros

Las primeras carreras de ultratrail siempre son un experimento: ensayo y error para los organizadores, supervivencia para los corredores. En una de las primeras ediciones de 62 km, lo vivimos en carne propia.

Veníamos tres entre los primeros: Bolaños, Acuña y yo. Según el reporte del punto de control 4, había tres corredores adelante. Entre ese puesto y el PC5 debían ser unos diez kilómetros. Llevábamos casi dieciocho… y nada. Ni cintas, ni voces, ni rastro humano. Solo montaña y silencio.

—Dicen que el puesto está ahí al frente —nos gritó alguien desde atrás.

Y sí, estaba “al frente”.
Al frente… del otro lado del río.

Un río ancho, oscuro, imposible de cruzar caminando. La marca del cruce no aparecía. Se había perdido o alguien la había quitado. La duda pesaba más que el cansancio.

—Si nos devolvemos y la marca no está, ¿qué hacemos? —dijo Acuña.
Tenía razón. En ultratrail, retroceder puede ser más peligroso que arriesgar.

—Crucemos —sentenció.

Acuña se quitó los tenis, Bolaños también.
Yo me quité las sandalias.
Y nos metimos al agua, literalmente a nadar.

La corriente estaba fría, pero la adrenalina empujaba más fuerte. Al salir, empapados, vimos a un campesino en la orilla, rezando en voz baja.

—¿Todo bien? —preguntamos.

Nos miró pálido.

—Aquí vive un cocodrilo de seis metros —dijo—. Estaba pidiendo que no saliera.

Nos quedamos mudos.

Ese día entendimos que los primeros experimentos del ultratrail no eran para los organizadores.
Eran para nosotros.

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