En la Vuelta a la Juventud de Colombia, 1977, el cuarteto nacional llevaba un refuerzo recién reclutado de una zona muy rural de Río Frío. Era fuerte, humilde y silencioso, de esos ciclistas que parecían hechos de montaña y trabajo.
La mañana de la primera etapa estábamos en el comedor del hotel. Sobre la mesa, lo de siempre: arroz con huevo y café negro, el combustible de toda la vida. Pero desde su asiento, el muchacho vio al equipo de Canadá desayunar algo muy distinto: cereal, yogur y banano, como sacado de una revista de salud.
Con una mezcla de curiosidad e ilusión, levantó la mano y pidió lo mismo.
Nosotros seguimos con lo nuestro.
Él estrenó la modernidad en la mesa.
La etapa arrancó puntual. El ritmo era fuerte, pero normal para una vuelta juvenil. Sin embargo, a los 20 kilómetros, el nuevo compañero levantó la mano, se abrió al carro y abandonó la carrera.
La razón fue inmediata y contundente:
una diarrea explosiva, cortesía del desayuno internacional.
Aprendimos algo ese día:
no todo lo que comen los equipos extranjeros es nutrición avanzada…
y no todo estómago está listo para recibir la globalización a las seis de la mañana.
A veces el cuerpo sabe más de territorio que de moda.
