Entrenar en bicicleta siempre ha sido un ritual. Requiere más tiempo, más logística y más paciencia. Me levanto a las 3 de la mañana, como lo hacía hace cincuenta años cuando salía rumbo a la universidad, y más tarde al trabajo. Hoy ya no es necesidad: es costumbre, casi identidad.
Me lavo la cara, me cepillo los dientes y preparo un café. Antes era cualquier café del supermercado con un poco de aceite de coco artesanal. Hoy es café de especialidad y aceite de coco extra virgen. El ritual evolucionó… o se sofisticó, no estoy seguro.
Inflo las llantas. Antes lo hacía presionándolas con los pulgares, calculando la dureza por pura intuición. Ahora el algoritmo me dice: 95 psi adelante, 122 atrás. La tecnología ordena lo que antes resolvía el tacto.
También cambiaron las bicicletas. En los viejos tiempos era siempre ruta, lloviera o tronara. Hoy puedo escoger entre gravel, ruta o MTB… y si llueve, mejor hago rodillo. La libertad moderna a veces parece un catálogo.
Pero cuando ya estoy pedaleando, cuando la madrugada huele a tierra fría y empieza a clarear en silencio, entiendo algo: el ciclismo es el mismo.
Lo único que cambia son las tonteras con que uno se complica la vida.
El cuerpo recuerda la esencia.
La bicicleta también.
