En los años 80, las carreras dominicales tenían un enemigo invencible: el fútbol. Si había partido, los medios no miraban hacia otro lado, y el atletismo quedaba relegado a la sombra. Para muchos periodistas, correr era apenas un pasatiempo de unos cuantos tercos.
Aquella mañana esperábamos la salida de la San José–Santa Ana, cuando todavía arrancaba en pleno Parque Central. Los corredores estiraban, calentaban, conversaban; el ambiente tenía esa mezcla de café, sudor temprano y expectativa silenciosa.
Entonces apareció un periodista deportivo, algo desubicado, como si hubiera llegado a un lugar que no salía en su libreto. Avanzó entre los corredores con su micrófono, mirando a todos como quien explora un territorio desconocido.
Detrás de nosotros, alguien soltó la frase exacta, dicha con ironía fina y resignación antigua:
—Vea, vea… ahí vienen esos. Como hoy no hay fútbol, ahora sí se acordaron de nosotros.
El periodista siguió adelante sin escucharlo, buscando una historia que, para él, solo existía cuando la bola descansaba.
Ese día quedó claro que el atletismo nunca dependió de cámaras ni titulares.
Dependió —como siempre— de quienes madrugan, aunque nadie esté mirando.
