20. La anda

Entre Ojo de Agua y el centro de Belén, a finales de los setenta, había una sola calle. Angosta, silenciosa y oscura. Pasaba junto a un cementerio sin luces, un tramo que incluso de día se sentía frío… y que en la madrugada parecía otro mundo.

Según mi diario, era el 16 de octubre de 1979 cuando pasé por ahí entrenando antes del amanecer. No había carros, no había casas cercanas, no había nada. Solo el sonido de mis pasos y mi respiración en el aire húmedo.

Justo después del cementerio, escuché algo.
Pasos.
Detrás de mí.

Me detuve un segundo internamente.
No podía ser.
A esa hora nadie corría por ahí.

Volví a correr, un poco más rápido.
Los pasos también.
Aceleré de nuevo.
Los pasos se acercaban.
Ya podía sentirlos respirando detrás de mí.

El tramo oscuro parecía no terminar nunca. La adrenalina subió tan fuerte que ni sentía las piernas. La sensación era clara: algo venía siguiéndome.

Hasta que, sin aviso, una mano cayó sobre mi espalda.
Una palmada seca.
Fuerte.

Me quedé helado.
El corazón dio un golpe en el pecho que casi me detuvo.

Entonces escuché, en un tono alegre que contrastaba con el terror del momento:

¡La anda!

Me giré.
Era un loquito del barrio, famoso por escaparse en las madrugadas, persiguiendo sombras para jugar “la anda”.

Yo respiré, pero no de alivio… sino porque el alma por fin me alcanzó de regreso.

Deja un comentario