21. El chofer que esperaba

En el mundo del deporte siempre se habla de tiempos, distancias, ritmos, récords. Pero en los entrenamientos largos hay otra verdad más discreta: uno nunca avanza solo. Siempre aparecen figuras silenciosas que sostienen el camino sin pedir nada a cambio. En los años 90, en las rutas de Puriscal, ese alguien fue Don César, el chofer del único bus que unía San José y Parrita.

Un solo viaje por día:
5 a.m. desde San José,
4 p.m. desde Parrita.
El que lo perdía, perdía también el día.
La carretera era de lastre, áspera y larga, rodeada de interminables senderos que llevaban a caseríos, fincas y montes donde el tiempo parecía caminar distinto.

Yo me metía en esos trillos para entrenar, siguiendo caminos que no sabían de horarios ni de mapas. Don César, al verme cada semana, empezó a dejarme donde yo le pedía:
en esa entrada,
en aquella pulpería,
en ese desvío que parece no llevar a ninguna parte.

Él seguía su ruta; yo seguía la mía.
Pero de alguna forma, nuestras rutas se tejían.

Un día salí tarde del monte. Muy tarde. Le escribí por celular —con la poca señal que había entonces— avisándole que venía bajando. El bus debía irse.
Pero me esperó.
Diez minutos.
Diez minutos en los que entendí algo que no cabe en un reloj:

A veces los verdaderos apoyos no vienen en forma de entrenadores, medallas o planes;
vienen de personas que, sin compartir tu carrera, entienden tu camino.
Y ese entendimiento es una forma de compañía más profunda que cualquier biometría.

En la vida, como en la montaña, uno avanza gracias a quienes deciden —por pura humanidad— esperarlo.

Deja un comentario