19. Cuando la medalla era de verdad

A principios de los años 80, las carreras dominicales eran simples y sinceras. Se pagaba una cuota simbólica, casi más por compromiso que por necesidad. Los primeros 100 corredores que cruzaban la meta recibían una medalla y una camiseta. Y los tres primeros, un trofeo que realmente valía la pena.
Todo era básico… pero auténtico.

Con el tiempo llegaron los patrocinadores. Y con ellos la modernidad, el ruido, los pendones, los inflables, los logos gigantes. Pero también llegó algo inesperado: el aumento de precios.

Lo que antes era un premio, ahora se volvió una compra obligatoria:
pagabas por la medalla, pagabas por la camiseta, pagabas por la inscripción…
y, para rematar, pagabas por hacerle propaganda a la empresa que organizaba la carrera.

Mientras tanto, lo verdaderamente simbólico —el premio para los ganadores— se fue haciendo pequeño, casi invisible. El trofeo quedó relegado a un rincón mientras la camiseta patrocinada se volvió la estrella del día.

A veces, viendo cómo evolucionaron las cosas, uno piensa que las carreras cambiaron de filosofía:
antes corrías para ganar o para participar;
ahora corrés para pagar.

Y lo que era simbólico antes…
se volvió simbólico después, pero por otras razones.

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