En Pococí había un pequeño restaurante familiar, de esos que huelen a pan recién hecho y café chorreado desde la puerta. Cabían unas 30 personas adentro, y el parqueo tenía espacio para 20 carros, todo muy justo, muy de pueblo, muy auténtico.
Un día le comentamos al dueño que planeábamos hacer una carrera de 60 kilómetros entre Pococí y Puerto Viejo. La idea era dejar los carros ahí, desayunar temprano y, después de completar la travesía, regresar en autobús a recogerlos.
—Todos ganamos —le dijimos—. Usted tiene clientes y nosotros un lugar seguro.
El hombre sonrió, haciendo números en la cabeza. Parecía una buena idea.
Hasta que llegamos al detalle.
—La carrera sale a las 4 de la mañana —le explicamos—, así que necesitamos desayunar a las 3 a.m.
La sonrisa se desacomodó de inmediato.
Arrugó la cara, miró hacia la cocina, suspiró largo. Desayunos a las 3 de la mañana no estaban en ningún manual gastronómico ni en el sentido común.
Pero después de un momento, alzó los hombros y dijo:
—Está bien. Abrimos.
Y lo hizo.
Ahí estaba a las 3 a.m., medio dormido, pero con café caliente, gallo pinto recién hecho y un parqueo seguro para todos.
Otro héroe anónimo de esos que no corren un kilómetro, pero sin los cuales ninguna travesía sería posible.
