18. Urgencias de cumpleaños

Habíamos corrido 80 kilómetros como quien dice “un entrenito suave”. Terminamos destruidos, buscando dónde sentarnos, dónde estirar o dónde llorar sin que se notara. El plan era descansar un rato y luego ver cómo regresábamos… caminando, gateando o rodando cuesta abajo.

De pronto, César se queda quieto, con esa mirada de alguien que recuerda algo importante… pero tarde.

—Muchachos… hoy cumplo 50 años —dice.

Nos reímos, porque después de 80 km cualquiera aparenta 50… aunque tenga 25. Pero César siguió:

—Y hoy cumplimos cinco años de casados.

La risa empezó a sonar nerviosa.
Y antes de que asimiláramos eso, remató:

—Y mis gemelos cumplen cinco años también… así que me urge regresar a la casa.

Quedamos mudos.
Correr 80 km era una cosa…
pero llegar tarde a ese triple aniversario era una prueba de ultra que ninguno quería enfrentar.

En menos de cinco segundos pasamos de zombis a velocistas.
Si hubiera un récord mundial de “recuperación por susto conyugal”, lo rompemos ese día.

Porque hay dolores que se aguantan…
pero un aniversario triple es una carrera que no se puede perder.

17. El hotel equivocado

La primera vez que corrimos 100 kilómetros fue un experimento muy serio. Solo éramos tres, pero llevábamos todo estudiado al detalle: ruta, abastecimientos, ritmos, puntos de escape, contactos de emergencia, clima, hasta las horas ideales para comer. Era un plan impecable… al menos sobre el papel.

La carrera improvisada salió bien. Dolor, cansancio y risas en partes iguales. Llegamos enteros, maltrechos pero orgullosos. Y para cerrar el día escogimos un buen hotel, con la idea de darnos el descanso que un cuerpo merece después de tanto castigo.

Parecía perfecto.
Hasta que vimos el detalle fatal.

—¿En qué piso están las habitaciones?
—En el segundo —respondió la recepcionista, como si nada.

Nos miramos con una mezcla de risa y terror.
Porque si hay algo que un cuerpo no perdona después de 100 kilómetros…
son los escalones.

Cada peldaño era una tortura. Subimos como ancianos sin bastón, agarrándonos de la baranda, negociando cada movimiento. Una epopeya silenciosa, lenta y ridícula.

Ese día aprendimos una gran lección de ultra:
podés planear todo —hidratarte bien, comer bien, prever emergencias—
pero si escogés un hotel en segundo piso…
la verdadera última etapa empieza ahí.

16. Cuando no hay fútbol

En los años 80, las carreras dominicales tenían un enemigo invencible: el fútbol. Si había partido, los medios no miraban hacia otro lado, y el atletismo quedaba relegado a la sombra. Para muchos periodistas, correr era apenas un pasatiempo de unos cuantos tercos.

Aquella mañana esperábamos la salida de la San José–Santa Ana, cuando todavía arrancaba en pleno Parque Central. Los corredores estiraban, calentaban, conversaban; el ambiente tenía esa mezcla de café, sudor temprano y expectativa silenciosa.

Entonces apareció un periodista deportivo, algo desubicado, como si hubiera llegado a un lugar que no salía en su libreto. Avanzó entre los corredores con su micrófono, mirando a todos como quien explora un territorio desconocido.

Detrás de nosotros, alguien soltó la frase exacta, dicha con ironía fina y resignación antigua:

Vea, vea… ahí vienen esos. Como hoy no hay fútbol, ahora sí se acordaron de nosotros.

El periodista siguió adelante sin escucharlo, buscando una historia que, para él, solo existía cuando la bola descansaba.

Ese día quedó claro que el atletismo nunca dependió de cámaras ni titulares.
Dependió —como siempre— de quienes madrugan, aunque nadie esté mirando.

15. El desayuno internacional

En la Vuelta a la Juventud de Colombia, 1977, el cuarteto nacional llevaba un refuerzo recién reclutado de una zona muy rural de Río Frío. Era fuerte, humilde y silencioso, de esos ciclistas que parecían hechos de montaña y trabajo.

La mañana de la primera etapa estábamos en el comedor del hotel. Sobre la mesa, lo de siempre: arroz con huevo y café negro, el combustible de toda la vida. Pero desde su asiento, el muchacho vio al equipo de Canadá desayunar algo muy distinto: cereal, yogur y banano, como sacado de una revista de salud.

Con una mezcla de curiosidad e ilusión, levantó la mano y pidió lo mismo.

Nosotros seguimos con lo nuestro.
Él estrenó la modernidad en la mesa.

La etapa arrancó puntual. El ritmo era fuerte, pero normal para una vuelta juvenil. Sin embargo, a los 20 kilómetros, el nuevo compañero levantó la mano, se abrió al carro y abandonó la carrera.

La razón fue inmediata y contundente:
una diarrea explosiva, cortesía del desayuno internacional.

Aprendimos algo ese día:
no todo lo que comen los equipos extranjeros es nutrición avanzada…
y no todo estómago está listo para recibir la globalización a las seis de la mañana.

A veces el cuerpo sabe más de territorio que de moda.

14. La alcancía sin fondo

En un programa de radio hablábamos de lo caro que se ha vuelto mantener una bicicleta sin patrocinio. Cada año salen piezas nuevas, más livianas, más brillantes, más irresistibles. Que unos pedales con 40 gramos menos, que la versión 14 pesa 20 gramos menos que la 13… y así, poco a poco, la bicicleta se convierte en una alcancía sin fondo.

Comentábamos el asunto con resignación cuando entró una llamada al aire.
Un aficionado, con voz tranquila, dijo:

—Miren, yo ya resolví ese problema.
En vez de gastar en piezas nuevas… bajo de peso yo.
Un kilo menos equivale como a 500 dólares en repuestos.

Nos quedamos en silencio unos segundos, procesando la lógica.
Tenía razón. Y duele más admitirla que aplicarla.

En un mundo donde obsesionarse con la ligereza cuesta fortunas, él encontró la fórmula más simple: aligerar el cuerpo, no la billetera.

Ahí entendí que el ciclismo moderno está lleno de tecnología, gramajes y algoritmos, pero a veces la mejor actualización es la que uno hace por dentro, no en la bicicleta.

Y sí: sigue siendo una alcancía sin fondo…
pero algunos, al menos, aprendieron a ponerle tapa.

13. La catarata que no existe en verano

Un amigo nos enseñó la foto de una catarata llamada La Reina, escondida entre Puriscal y Turrubares. El lugar parecía sacado de un cuento: un hilo de agua cayendo entre paredes verdes, un rincón secreto que parecía reclamar visita. Conseguimos la hoja cartográfica de la zona —como en los tiempos donde se exploraba con papel y brújula— y nos fuimos a buscarla.

Caminamos horas. Subidas, bajadas, portillos, senderos sin dueño. Mirábamos el mapa, mirábamos el río, mirábamos el horizonte… y nada. La Reina no aparecía. No estaba en el cauce, no estaba tras la curva, no estaba en ningún punto donde debería estar.

Cansados, entramos a una pulpería a preguntar.
El pulpero, sin sorpresa ni misterio, nos dijo:

—Esa catarata solo se ve en la estación húmeda.

Entonces entendimos lo que el mapa no decía: Costa Rica tiene dos estaciones muy definidas, pero los caminos, los ríos y las montañas tienen sus propios tiempos. Hay cosas que solo existen cuando el agua cae, igual que hay recuerdos que solo regresan cuando uno se moja por dentro.

Nunca encontramos La Reina.
O tal vez sí: descubrimos que no todo lo que se busca aparece y no todo lo que aparece dura.

12. El corredor invisible

Cuando empieza el Campeonato Nacional de Trail, siempre aparecen sorpresas: corredores nuevos, técnicas distintas, estrategias inesperadas. Pero aquel año surgió un misterio que nos dejó desconcertados.

Un muchacho altísimo, rubio y flaquísimo empezó a ganar varias carreras seguidas. Subía como si flotara y bajaba sin peso, casi sin tocar el suelo. Nadie sabía quién era. No pertenecía a ningún equipo, no hablaba con nadie, no aparecía en redes. Llegaba, ganaba y desaparecía.

Las conversaciones eran inevitables:
—¿Será extranjero?
—¿Será un talento escondido?
—¿Será un profesional encubierto?

El misterio se mantuvo… hasta que, en una carrera de montaña, alguien vio lo que no debía.

Detrás de un enorme higuerón, el rubio se quitó la camiseta con el número, la dobló cuidadosamente… y se la entregó a un clon perfecto. Su hermano gemelo, escondido detrás del tronco, se la puso y salió trotando rumbo a la meta como si nada.

El engaño quedó al descubierto: uno corría la primera mitad, el otro la segunda.
Dos cuerpos, un solo número.
Un atleta “imparable”, claro… si corrían por turnos.

Ese día entendimos que en el trail hay subidas duras, bajadas peligrosas…
pero nada tan creativo como dos gemelos compartiendo podio con un solo nombre.

11. El reloj que no da la hora

El siglo XXI trajo apps para correr, para dormir, para respirar… para todo. Y los relojes inteligentes se volvieron pequeños oráculos. Aniceto fue el primero del grupo en rendirse a la magia digital: se compró un aparato que medía distancia, velocidad, altitud, clima, humedad, carga de entrenamiento y hasta parecía capaz de leer la mente.

Ese día pedaleábamos hacia la finca de Don Luis, donde debíamos llegar a las 12 en punto para almorzar. Ellos eran puntuales como campana de iglesia, así que no queríamos fallar.

—Tranquilos —dijo Aniceto mirando su superreloj—, faltan 1.600 metros para llegar.

Buenísimo.
Pero faltaba la pregunta esencial.

—Perfecto… ¿y qué hora es?

Ahí empezó el espectáculo.
Tocó la pantalla, la deslizó, abrió menús, submenús, modos deportivos, gráficos y alertas. El reloj mostraba todo: el ritmo instantáneo, la probabilidad de lluvia, el desnivel, la cadencia, hasta el tiempo que “debería” dormir esa noche.

Todo… menos la hora.

Aniceto suspiró, derrotado.

—Este aparato sabe cuánto respiro… pero no dónde ver la hora.

Llegamos tarde, por supuesto.
Don Luis nos esperaba en la puerta, sonriendo como quien ya conoce nuestras excusas.

La tecnología puede medirlo todo.
El problema —siempre— es encontrar lo que uno realmente necesita.

10. El experimento de los 62 kilómetros

Las primeras carreras de ultratrail siempre son un experimento: ensayo y error para los organizadores, supervivencia para los corredores. En una de las primeras ediciones de 62 km, lo vivimos en carne propia.

Veníamos tres entre los primeros: Bolaños, Acuña y yo. Según el reporte del punto de control 4, había tres corredores adelante. Entre ese puesto y el PC5 debían ser unos diez kilómetros. Llevábamos casi dieciocho… y nada. Ni cintas, ni voces, ni rastro humano. Solo montaña y silencio.

—Dicen que el puesto está ahí al frente —nos gritó alguien desde atrás.

Y sí, estaba “al frente”.
Al frente… del otro lado del río.

Un río ancho, oscuro, imposible de cruzar caminando. La marca del cruce no aparecía. Se había perdido o alguien la había quitado. La duda pesaba más que el cansancio.

—Si nos devolvemos y la marca no está, ¿qué hacemos? —dijo Acuña.
Tenía razón. En ultratrail, retroceder puede ser más peligroso que arriesgar.

—Crucemos —sentenció.

Acuña se quitó los tenis, Bolaños también.
Yo me quité las sandalias.
Y nos metimos al agua, literalmente a nadar.

La corriente estaba fría, pero la adrenalina empujaba más fuerte. Al salir, empapados, vimos a un campesino en la orilla, rezando en voz baja.

—¿Todo bien? —preguntamos.

Nos miró pálido.

—Aquí vive un cocodrilo de seis metros —dijo—. Estaba pidiendo que no saliera.

Nos quedamos mudos.

Ese día entendimos que los primeros experimentos del ultratrail no eran para los organizadores.
Eran para nosotros.

9. Todo un ritual

Entrenar en bicicleta siempre ha sido un ritual. Requiere más tiempo, más logística y más paciencia. Me levanto a las 3 de la mañana, como lo hacía hace cincuenta años cuando salía rumbo a la universidad, y más tarde al trabajo. Hoy ya no es necesidad: es costumbre, casi identidad.

Me lavo la cara, me cepillo los dientes y preparo un café. Antes era cualquier café del supermercado con un poco de aceite de coco artesanal. Hoy es café de especialidad y aceite de coco extra virgen. El ritual evolucionó… o se sofisticó, no estoy seguro.

Inflo las llantas. Antes lo hacía presionándolas con los pulgares, calculando la dureza por pura intuición. Ahora el algoritmo me dice: 95 psi adelante, 122 atrás. La tecnología ordena lo que antes resolvía el tacto.

También cambiaron las bicicletas. En los viejos tiempos era siempre ruta, lloviera o tronara. Hoy puedo escoger entre gravel, ruta o MTB… y si llueve, mejor hago rodillo. La libertad moderna a veces parece un catálogo.

Pero cuando ya estoy pedaleando, cuando la madrugada huele a tierra fría y empieza a clarear en silencio, entiendo algo: el ciclismo es el mismo.
Lo único que cambia son las tonteras con que uno se complica la vida.

El cuerpo recuerda la esencia.
La bicicleta también.