En el maratón hay tres números que llamo mágicos y lo explican todo: 14, 28 y 42. No son solo distancias, son etapas. Si puedes resistir 14 kilómetros, ya estás dentro: has vencido la inercia, el cuerpo entiende la idea del fondo y la mente comienza a adaptarse.
Con el tiempo, unas semans antes del gran día, llegas a los 28 kilómetros, la distancia máxima del entrenamiento. Es el punto donde se prueba la paciencia, donde no se busca velocidad, sino permanencia. No se trata de correr más, sino de saber detenerte a tiempo.
El día del maratón llega el 42, el número completo, el cierre del ciclo. No hay misterio: el cuerpo recuerda lo entrenado, la mente se encarga del resto. Los 42 no se improvisan; se heredan de los 28 y los 14. Tres números, tres umbrales. Una fórmula simple para un desafío que, en el fondo, es infinito.
El swing con kettlebell no pertenece del todo a la fuerza ni al cardio, y por eso es un movimiento híbrido. No busca levantar peso, sino moverlo; no empuja ni jala, sino que deja fluir la energía que el cuerpo genera desde el suelo hasta el aire.
Cada repetición es un diálogo entre control y libertad. La cadera impulsa, los brazos acompañan, el ritmo aparece. Hay algo primitivo en su gesto: el cuerpo oscilando como un péndulo, respirando con el movimiento, encontrando potencia en la coordinación más que en la tensión.
El swing enseña una verdad sencilla: no siempre se trata de resistir o de cargar más, sino de aprovechar lo que ya está en movimiento. En esa oscilación constante se revela la esencia del entrenamiento híbrido: unir lo que parece opuesto —fuerza y fluidez, esfuerzo y elegancia— hasta que el cuerpo y el peso se muevan como uno solo.
Antes de que salga el sol, la ciudad parece otra. Apenas unos cuantos despiertos: un taxi que pasa sin prisa, un ciclista, un corredor que saluda con un gesto leve, un par de borrachitos que aún no se rinden al sueño. El repartidor de leche, de pan o de periódicos completa la escena.
En ese instante hay algo en común entre todos: el saludo. Una especie de pacto silencioso entre quienes comparten la madrugada. No importa quién seas ni adónde vayas; a esa hora, todos pertenecen al mismo territorio: el de los que se mueven mientras el resto duerme.
Pero el sol sale, y con él llega el ruido, el apuro, la prisa. La magia se disuelve en el tránsito y en las pantallas. Por eso, quienes madrugan saben un secreto: que la ciudad tiene un alma tranquila, pero solo se deja ver antes del amanecer.
En los primeros kilómetros, la motivación es ruido. Está en las zapatillas nuevas, en la música, en los ánimos del público. Todo vibra y empuja. Pero con el paso de los kilómetros, ese ruido se apaga, y lo que queda es silencio. Ahí empieza el verdadero maratón.
Correr 42 kilómetros no se trata de sostener el entusiasmo, sino la decisión. La motivación se agota, como el glucógeno; la voluntad, en cambio, se transforma. A mitad del recorrido, cuando el cuerpo protesta y la mente duda, uno no sigue corriendo por emoción, sino por sentido.
El maratón es una metáfora de la vida larga: la motivación te hace empezar, pero solo el propósito te permite llegar. Por eso el corredor veterano sonríe en los últimos metros: no porque tenga fuerzas, sino porque descubrió que no las necesita para seguir.
Durante el entrenamiento, la piña deshidratada cumple un papel silencioso pero preciso: repone sin interrumpir. No necesita envolturas metálicas ni fórmulas sintéticas. Solo azúcar natural, fibra, sol y tiempo. Es energía que ha pasado por el mismo proceso que el cuerpo que la consume: ha sido transformada por el calor.
Cada trozo de piña concentra lo esencial: lo dulce del esfuerzo y lo ácido del cansancio. Mientras otros buscan geles importados o nombres difíciles de pronunciar, el corredor tropical encuentra su combustible en una fruta que entiende el clima, el ritmo y la humedad.
Comer piña deshidratada durante el entrenamiento no es solo una estrategia nutricional; es una forma de coherencia. Alimentarse del mismo paisaje que se corre. En cada bocado hay una conexión entre tierra, sudor y energía: el cuerpo continúa lo que la fruta empezó.
El pasado domingo, la ciudad más romántica del mundo se transformó, por un día, en el escenario de una épica deportiva. La Maratón de Venecia 2025 (Wizz Air Venicemarathon) no es una carrera de 42 kilómetros más; es una experiencia que entrelaza el rendimiento atlético con el turismo cultural de una manera única. Y la edición de este año no defraudó.
Dominio Etíope y el Podio de los Puentes
En el plano competitivo, la jornada estuvo marcada por el firme dominio africano, consolidando la tradición de la prueba. En la categoría masculina, el etíope Deribe Robi se alzó con la victoria con un tiempo de 2:08:58, confirmando su estatus de favorito. En la carrera femenina, su compatriota Zebenay Ashumar fue la más rápida, cruzando la meta en 2:27:29.
Más allá de los cronómetros de élite, el verdadero protagonista fue el recorrido. Esta maratón inicia su marcha en la tierra firme veneciana, a los pies de la majestuosa Villa Pisani en Stra, llevando a los corredores a través de la histórica Riviera del Brenta. El camino discurre por un trazado rápido y plano hasta el kilómetro 38, donde la carrera adquiere su carácter inconfundible.
El Reto de la Lagunas y los Puentes
La verdadera magia, y el desafío físico, llega cuando los maratonianos acceden al centro histórico. Tras cruzar el largo y panorámico Puente de la Libertad, los atletas se adentran en un laberinto de belleza y resistencia. El punto culminante, sin duda, es el cruce del Gran Canal sobre el icónico puente de pontones temporal, una estructura de casi 170 metros armada exclusivamente para el evento.
La última sección pone a prueba la fortaleza de cada corredor con la subida y bajada de 14 pequeños puentes a lo largo de los canales, a pesar de las rampas de madera instaladas para suavizar los escalones. El esfuerzo final culmina en la emblemática Piazza San Marco para luego dirigirse a la meta en la Riva Sette Martiri, con la laguna como testigo de su hazaña.
La Maratón de Venecia 2025 fue más que una carrera. Fue una peregrinación de 42 kilómetros por una de las ciudades más hermosas del planeta, demostrando una vez más que el espíritu de la Serenissima se conquista, hoy, a golpe de zancada.
Un café con aceite de coco y cacao: tres productos que comparten origen y energía. No hay suplementos importados ni fórmulas complicadas, solo ingredientes que nacen del trópico, del mismo clima que moldea el cuerpo que entrena.
El café despierta, el cacao suaviza, el aceite de coco sostiene. Juntos forman una mezcla sencilla que, más que un pre-entreno, es un ritual. Antes de mover el cuerpo, se enciende la mente. Antes del esfuerzo, la calma.
En un mundo lleno de batidos artificiales, volver a lo natural es casi un acto de resistencia. Este pequeño trío tropical me recuerda que la fuerza no siempre viene de afuera, sino de lo que cultivamos cerca, lo que tiene raíz y sabor a tierra.
Pesarse todos los días puede parecer una rutina innecesaria o incluso ansiosa, pero cuando se hace con calma y método, es una herramienta de autoconocimiento. El cuerpo cambia a diario: retiene agua, gana músculo, responde al sueño, al estrés, a la comida. Un solo número no dice mucho; un promedio semanal, en cambio, revela la tendencia real.
Anotar lo que se come no es castigo ni culpa, sino memoria. La memoria del cuerpo. Al mirar atrás y ver cómo un aumento o una baja se relacionan con lo que ingerimos, empezamos a entendernos mejor. No se trata de contar calorías, sino de reconocer patrones.
El control de peso no es una lucha, sino un diálogo. Escuchar al cuerpo todos los días y observarlo con paciencia es la forma más honesta de mantener el equilibrio: ni obsesión ni descuido, solo atención.
Hace unos años, los gimnasios comenzaron a llamarse “funcionales”. Era la palabra mágica del momento: promesa de movimiento natural, de volver a lo esencial. Pasó el tiempo, y ahora casi todos se autodenominan “híbridos”. Suena moderno, adaptable, tecnológico. Pero, ¿qué sigue?
Las modas del entrenamiento cambian más rápido que los cuerpos que intentan seguirlas. Cada nueva etiqueta promete eficiencia, pero rara vez propone profundidad. Lo funcional fue una reacción al exceso de máquinas; lo híbrido, una respuesta a la fragmentación. Sin embargo, ambos comparten algo: la búsqueda de sentido en medio del marketing.
Quizá lo que venga no sea un nuevo nombre, sino un regreso silencioso a lo simple. Entrenar sin etiquetas. Moverse por placer. Redescubrir el cuerpo como territorio y no como producto. Tal vez el futuro del fitness, por fin, no va a necesitar definirse.
Diseñar un plan de entrenamiento no es muy distinto de armar un Lego. Cada pieza representa un elemento: fuerza, técnica, descanso, motivación, constancia. Ninguna tiene sentido por sí sola; solo al encajar se revela la forma que buscamos.
Al principio, todo parece un montón de bloques dispersos: sesiones sueltas, ejercicios aislados, días en los que nada encaja. Pero con paciencia, el conjunto comienza a tomar estructura. Lo invisible —la intención, la coherencia, la progresión— sostiene lo visible.
El secreto no está en tener más piezas, sino en colocarlas con propósito. Un buen plan no se impone, se construye. Se corrige, se desarma y vuelve a empezar. Así como el niño que arma su figura con curiosidad y asombro, el atleta que entrena con conciencia aprende que el progreso no se compra: se ensambla, día a día, con atención y juego.