“Cuando Todos Quieren Entrenar… y Nadie Respeta los Roles”

En las canchas y en los gimnasios se repite una escena: nutricionistas dando sesiones de pista, fisioterapeutas guiando rutinas de fuerza, profesionales de otras áreas dirigiendo entrenamientos sin la formación pedagógica que exige la educación física. Y aunque cada disciplina aporta valor, la confusión de roles está pasando factura.

Porque entrenar no es solo prescribir ejercicios: es enseñar movimiento, planificar cargas, prevenir lesiones desde la técnica, y acompañar procesos de adaptación que requieren conocimientos específicos. Cuando quienes no son especialistas asumen ese rol, el deporte se vuelve terreno difuso.

Lo preocupante no es la colaboración entre profesiones —siempre necesaria— sino la intromisión, el salto apresurado a un campo que no les corresponde. La educación física es una profesión con método, ética y ciencia propia. Olvidarlo empobrece el nivel y aumenta riesgos.

El deporte necesita puentes, sí, pero también límites claros. Cada profesional en lo suyo… y los atletas, en mejores manos.

Cambios de ritmo: cuando el entrenamiento deja de ser rutina

Hay días en que correr se convierte en una línea recta: mismo paso, misma calle, misma respiración. Pero hoy fue distinto. Probé un formato sencillo y poderoso: [90/30 x 5], noventa segundos rápidos seguidos de treinta de recuperación, repetidos cinco veces. Parece poco, pero el cuerpo sabe la verdad: es un ritmo que despierta.

Este tipo de entrenamiento rompe la monotonía y obliga a algo que a veces olvidamos: escuchar el cuerpo mientras la velocidad sube y baja. En los 90 segundos, el pulso se dispara, la zancada se alarga y la mente entra en ese estado de alerta placentero que solo dan los esfuerzos breves e intensos. En los 30, uno vuelve a sentir el aire, el terreno, el equilibrio. No es descanso, es preparación para la siguiente ola.

Lo mejor es que, sin ser una sesión larga, exige técnica, atención y carácter. El corredor deja de ser un pasajero del trote y vuelve a ser protagonista. Cada intervalo es una pequeña batalla ganada.

Hoy confirmé algo: los cambios de ritmo no solo mejoran la velocidad, también mejoran el ánimo. Entrenar así convierte la salida diaria en un juego, en un reto, en un recordatorio de que mover el cuerpo sigue siendo una celebración.