En las canchas y en los gimnasios se repite una escena: nutricionistas dando sesiones de pista, fisioterapeutas guiando rutinas de fuerza, profesionales de otras áreas dirigiendo entrenamientos sin la formación pedagógica que exige la educación física. Y aunque cada disciplina aporta valor, la confusión de roles está pasando factura.
Porque entrenar no es solo prescribir ejercicios: es enseñar movimiento, planificar cargas, prevenir lesiones desde la técnica, y acompañar procesos de adaptación que requieren conocimientos específicos. Cuando quienes no son especialistas asumen ese rol, el deporte se vuelve terreno difuso.
Lo preocupante no es la colaboración entre profesiones —siempre necesaria— sino la intromisión, el salto apresurado a un campo que no les corresponde. La educación física es una profesión con método, ética y ciencia propia. Olvidarlo empobrece el nivel y aumenta riesgos.
El deporte necesita puentes, sí, pero también límites claros. Cada profesional en lo suyo… y los atletas, en mejores manos.
