
Alicia está en crisis.
Querría seguir avanzando, pero siempre es demasiado grande o demasiado pequeña. Hay un mundo maravilloso al otro lado de aquellas puertas, pero su tamaño le impide acceder a él. De modo que empieza a llorar. Y llora tanto y tan desconsoladamente que inunda la habitación. Finalmente, tras beber de una botella mágica y hacerse con una llave de oro, consigue abrir una puerta.
Pero las lágrimas de antes habían creado una verdadera balsa de agua y Alicia se queda empapada. Los animales que caen en la balsa con Alicia también se quedan con el pelaje o las plumas empapados: un pato, un dodo, un loro y un aguilucho. La situación es complicada. No pueden seguir en esas condiciones. Tienen que buscar una solución.
La extravagante comitiva decide, pues, reunirse en comité. Entonces el dodo propone algo que parece mejor: para secarse, nada mejor que hacer una carrera del comité, a la que llaman Carrera Loca.
Una carrera de este tipo no se puede explicar ni entender.
Sólo se puede correr. Llegados a este punto, el dodo traza una pista, quizá circular o quizá no. Eso no es lo importante. Después, todos empiezan a correr cuando les parece, ya que no hay nadie que diga «¡Preparados, listos, ya!». Al cabo de media hora aproximadamente, cuando el dodo anuncia que la carrera ha terminado, algunos de los participantes ya estaban descansando tan tranquilos.
En resumen, cada uno ha hecho lo que le ha venido en gana, y en el momento en que se plantea la más obvia de las preguntas («¿Pero ¿quién ha ganado?»), al dodo no le queda más remedio que responder que no ha ganado nadie, o, mejor dicho, que han ganado todos y que por eso todos merecen un premio. Alicia y el resto de los animales ya están secos, y ésta es su verdadera victoria. Han conseguido su objetivo: drenar la balsa de agua y continuar su viaje por el País de las Maravillas.
