Hay días en que correr se convierte en una línea recta: mismo paso, misma calle, misma respiración. Pero hoy fue distinto. Probé un formato sencillo y poderoso: [90/30 x 5], noventa segundos rápidos seguidos de treinta de recuperación, repetidos cinco veces. Parece poco, pero el cuerpo sabe la verdad: es un ritmo que despierta.
Este tipo de entrenamiento rompe la monotonía y obliga a algo que a veces olvidamos: escuchar el cuerpo mientras la velocidad sube y baja. En los 90 segundos, el pulso se dispara, la zancada se alarga y la mente entra en ese estado de alerta placentero que solo dan los esfuerzos breves e intensos. En los 30, uno vuelve a sentir el aire, el terreno, el equilibrio. No es descanso, es preparación para la siguiente ola.
Lo mejor es que, sin ser una sesión larga, exige técnica, atención y carácter. El corredor deja de ser un pasajero del trote y vuelve a ser protagonista. Cada intervalo es una pequeña batalla ganada.
Hoy confirmé algo: los cambios de ritmo no solo mejoran la velocidad, también mejoran el ánimo. Entrenar así convierte la salida diaria en un juego, en un reto, en un recordatorio de que mover el cuerpo sigue siendo una celebración.
