Un Gato y un fresco de sirope: más que un refrigerio, un pedacito de identidad con azúcar.

Hay rituales que no mueren, aunque la vida cambie el paisaje. Hace muchos años, después de terminar esas sesiones de atletismo que nos dejaban las piernas temblando y el corazón convencido de que podía con todo, teníamos una parada obligatoria: la pulpería del barrio. Ahí, entre estantes de madera y el olor a bolsitas de papel, comprábamos un Gato y un fresco de sirope. Ese era el verdadero premio, el pequeño lujo que uno se daba sin culpa, el combustible emocional del atleta amateur.

Hoy lo repetimos, casi por casualidad, casi por nostalgia. Y fue imposible no sonreír. El Gato sigue siendo el mismo crujido dulce de siempre, y el sirope —rojo, espeso, patriótico— refrescó como si el tiempo hubiese decidido detenerse solo para ese sorbo. La señora de la pulpería nos dijo algo que me quedó sonando: “Ese es un gran post-entreno: barato, tico y rendidor”. Y tiene razón.

No todo tiene que ser barritas importadas ni batidos con nombres en inglés. A veces, la recuperación también viene de recordar quiénes somos, de volver a lo simple, de reencontrarnos con los sabores que nos acompañaron en los primeros kilómetros de la vida. Un Gato y un fresco de sirope: más que un refrigerio, un pedacito de identidad con azúcar.

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