En la última edición del Maratón de Nueva York participaron más de 55 mil corredores.
Solo un 6 % tenía más de sesenta años.
Pocos, si se mira la estadística. Muchos, si se piensa en lo que representa.
Correr a esa edad no es un acto de resistencia contra el tiempo, sino una forma de diálogo con él.
Entre los puentes y avenidas, los cuerpos mayores avanzan con un ritmo distinto: menos explosivo, más consciente.
Cada zancada parece decir que moverse sigue siendo una declaración de vida.
La madurez cambia la motivación.
Ya no se trata de batir marcas, sino de sostener el hábito, de mantenerse dentro de una comunidad que corre por salud, por identidad o por simple amor al movimiento.
En esos kilómetros finales se mezcla la historia personal con la colectiva: lo que el cuerpo ha vivido y lo que todavía se atreve a recorrer.
Más que un dato estadístico, la presencia de los corredores de 60 a 70 años en Nueva York es una metáfora del tiempo:
no corren para detenerlo, corren para seguir formando parte de él.
