
Azúcar, cereales, lácteos, productos procesados. Durante décadas se nos hizo creer que eran pilares de la salud, la inteligencia y el rendimiento. Pero el cuerpo no necesita tanto como la industria nos hace pensar.
La energía no depende del envase ni de la etiqueta. Viene de lo esencial: del alimento que conserva su forma, su sabor y su origen. El rendimiento tampoco nace de la suplementación, sino del equilibrio entre descanso, movimiento y nutrición real.
Comer limpio no es una moda, es una manera de recordar de dónde viene la fuerza. La inteligencia no se cultiva en los laboratorios del marketing, sino en la conexión con lo que nos sostiene. En un mundo saturado de excesos, la verdadera sofisticación está en la sencillez: en comer menos cosas, pero más verdaderas.
