
Antes de que salga el sol, la ciudad parece otra. Apenas unos cuantos despiertos: un taxi que pasa sin prisa, un ciclista, un corredor que saluda con un gesto leve, un par de borrachitos que aún no se rinden al sueño. El repartidor de leche, de pan o de periódicos completa la escena.
En ese instante hay algo en común entre todos: el saludo. Una especie de pacto silencioso entre quienes comparten la madrugada. No importa quién seas ni adónde vayas; a esa hora, todos pertenecen al mismo territorio: el de los que se mueven mientras el resto duerme.
Pero el sol sale, y con él llega el ruido, el apuro, la prisa. La magia se disuelve en el tránsito y en las pantallas. Por eso, quienes madrugan saben un secreto: que la ciudad tiene un alma tranquila, pero solo se deja ver antes del amanecer.
