
Diseñar un plan de entrenamiento no es muy distinto de armar un Lego. Cada pieza representa un elemento: fuerza, técnica, descanso, motivación, constancia. Ninguna tiene sentido por sí sola; solo al encajar se revela la forma que buscamos.
Al principio, todo parece un montón de bloques dispersos: sesiones sueltas, ejercicios aislados, días en los que nada encaja. Pero con paciencia, el conjunto comienza a tomar estructura. Lo invisible —la intención, la coherencia, la progresión— sostiene lo visible.
El secreto no está en tener más piezas, sino en colocarlas con propósito. Un buen plan no se impone, se construye. Se corrige, se desarma y vuelve a empezar. Así como el niño que arma su figura con curiosidad y asombro, el atleta que entrena con conciencia aprende que el progreso no se compra: se ensambla, día a día, con atención y juego.
