Mi esfuerzo percibido

Si corro cinco kilómetros en cuarenta minutos y otro corredor completa diez en el mismo tiempo, podría pensarse que su esfuerzo es el doble del mío. Sin embargo, no es tan simple. Lo que cada uno siente mientras corre —la respiración, el pulso, la mente que a veces empuja y otras se rinde— no se mide en kilómetros ni en cronómetros, sino en percepción.

El esfuerzo percibido es una brújula íntima. Marca los límites que no se ven: la fatiga acumulada, el peso de un mal día, la alegría inesperada que aligera las piernas. Cada corredor viaja dentro de su propio cuerpo, y esa ruta, aunque invisible, es más larga que cualquier trayecto sobre el mapa.

Correr, al final, no es una competencia con otros, sino una conversación con uno mismo. Por eso el maratonismo es más que un deporte: es una filosofía que enseña a escuchar el cuerpo, a medir el tiempo con la respiración y a entender que cada esfuerzo —sea grande o pequeño— tiene su propia verdad.

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