
Para completar el horario laboral, los día martes me dirigía a una escuela muy alejada, no tanto por la distancia, sino por el servicio de buses.
Los lunes dormía en el lugar mas cercano en donde conseguí hospedaje, a unos 12 km de distancia pero por el camino duraba 90 minutos en bicicleta. Salgo de la casa a las 5 y 10 a.m.
A mitad de camino está el cementerio de San Antonio, ubicado en medio de la nada. Un entierro aquí debe llegar en doble tracción.
Un lunes se me descompone la suspensión de la bici, bota aceite por todo lado y no amortigua.
Ni modo, no hay ninguna posibilidad de conseguir el repuesto. Al día siguiente me voy trotando…
Salgo más temprano previniendo algún inconveniente.
Cuando paso por el cementerio, siento que me persiguen, esa sensación de cuando se hacían carreras de ultratrail, en donde al poco tiempo uno va solo y cuando un atleta se le aproxima lo siente desde antes.
Cada vez lo sentía más cerca, y no tenía fuerza para un «sprint»… Lo siento respirando en la nuca y me toca la espalda, como no desayuno, no me cagué del susto…
–Quedó!!!, me gritó… y se devolvió corriendo…
Llego al brete y contándole a la cocinera, me dijo que era un loquito que vivía cerca del cementerio y que jugaba quedó con los que pasaban al frente…
–Nada de que preocuparse, está muerto desde hace años…
