
Cuando entrenábamos en aquellas montañas, siempre almorzábamos en el “Caribeño”. Un amigo llevó a la perra que estaba acostumbrada a las largas distancias, al pasar por el restaurant, el perro guardián del local se enamoró de la perra y nos acompañó.
Ese perro no salía nunca del lote, ni siquiera caminaba por la ciudad y nos acompañó durante 25 km.
Llegó agotado y se escondió en la casita en donde pasaba todo el día.
Llegamos al almuerzo y el dueño estaba llorando
—No saber que le pasa, no moverse cuando lo llamo, creer que lo envenenaron — dijo el dominicano.
