
Todos los domingos llegaba con una nueva medalla participativa de la
carrera, que colgaba de su cuello hasta el martes. Vecinos y compañeros de
trabajo admiraban al medallista como le decían , a tal grado que le pedían que
los entrenara a ellos o a familiares y amigos.
Vio que se estaba desperdiciando como turnero y se dedicó a entrenar.
Sacrificó dos fines de semana y llevó el curso de la federación. Ahora sí,
entrenador certificado.
Los fines de semana llega con un grupo de pupilos a la recta de la
sabiduría, la que está por la Morgue Judicial y en la que cada 100 metros se
ubica un «entrenador». Invirtió en un silbato, un cronómetro y una camisa
que en la espalda con letras grandes dice COACH.
Por medio de un silbido manda a los muchachos a correr y les cuenta las
vueltas al circuito que marcó con embaces de gaseosas.
Su emprendimiento creció ya que formó una sucursal en una pista en donde su
hijo mayor es el “entrenador”.
Calentamiento estático, ejercicios específicos para jugar bola, salen a
correr al sonido del silbato y les cuenta las vueltas que le dan a la pista.
Una de dos: el emprendimiento heredado viene con los apuntes del curso, o el
heredero llevó el curso que desde hace 40 años se imparte basado en la traducción del librillo de la IAAF.
¿Podrá en nuevo Colegio Profesional hacer algo al respecto, o seguirán las
federaciones diciendo quién es entrenador o no?
