
Antonio Ernesto, es un moreno musculoso de metro noventa y ciento cinco kilos.
Desde niño se dedicaba a entrenar lucha grecorromana en su natal Pinar del Río; en donde nació hace cuarenta años.
Llegó a Puriscal en busca de un mejor futuro, se compró un Toyota Corolla de los años noventa, que usaba como Taxi pirata, lo tenía bien «chaneado», lo lava y encera cada vez que puede, le pinta las letras de la marca de las llantas de color blanco, del espejo retrovisor cuelgan dos dados de peluche. El volante está forrado con peluche verde, al igual que el protector del tablero de instrumentos, sobre el que se encuentra un San Antonio, un San Cristóbal y una réplica de la Virgen de los Ángeles. La gente lo llamaba la carroza del cubano.
Un domingo me dijo el cubano, que quería ver un juego de pelota.
El único lugar en donde se juega es el San Cayetano. A las once juegan La Carpio contra Los Toros.
Ok nos dirigimos al estadio.
Ganan por «nockout» Los Toros.
Al iniciar el regreso, viene corriendo un «mae» con un chaleco naranja y un pedazo de palo de escoba, le hace señas al cubano para que baje el vidrio de la ventana.
-Negrito, yo le estaba cuidando el carro.
En eso abre la puerta y se baja del carro con dificultad, ya que los japoneses no diseñaron ese carro para que lo conduzca alguien tan grande.
Al fin sale del carro y abraza de manera muy fuerte al cuida carro, le dice
-Muchas gracias, mi hermano, Dios lo bendiga…
