Perdiendo el control

Como todos los viernes, hoy me tocaba entrenar en montaña, todo iba normal, pero sucede lo que tenía que suceder. –¿será culpa del destino? –El cronómetro marca que faltan veintidós minutos, –¿llegaré a tiempo? – el podómetro marca los setenta y dos kilómetros por hora en las curvas cada vez más cerradas del camino que une Carrizal y Alajuela, mis manos tiemblan al tratar de sostener el manubrio de la bicicleta.

Pienso…–Si no como anoche esos tacos, no tendría dolor de estómago. –Si hubiera un servicio sanitario de camino, no me metía al potrero.

Medito…–Por leer sobre las serpientes, estoy seguro que esa coral es venenosa, abundan en los cafetales cercanos a Alajuela y si pican a un humano, debe llegar a un médico en menos de una hora.

Reflexiono…–El hospital más cercano a Vara Blanca es el de Heredia, pero hay cuestas que subir, si doblo en Carrizal llego al de Alajuela y casi todo el camino es de bajada.

En un pequeño ascenso logro ver los dos puntos con sangre de la pierna derecha y cada vez se ven más grandes. Empiezo a ver nublado.

Imagino…–En el mejor de los casos es que se empañaron los lentes. –No hay tiempo para deducir, lo importante es llegar al hospital.–Faltan 14 minutos.

Llego al Estadio Alejandro Morera Soto y la fila de carros que produce el semáforo es interminable, me obliga a circular por la acera. Estoy a quinientos metros del hospital y faltas 4 minutos.

Al fin en emergencias, mis piernas tiemblan, le dejo la bici al señor de la soda de en frente, le digo –me picó una coral, cuídame la bicicleta y salgo corriendo.

–Muchacho, muchacho, grita una salonera, que escuchó la conversación. –Tiene la espalda llena de zompopas, y los brazos todos picados.

En eso siento unos piquetes en la pierna izquierda, es exacta a los puntos de la pierna derecha. Al fin “me vuelve el alma al cuerpo” como dicen en mi pueblo.

Aquí se inician las carreras virtuales.

Eran mediados de los años 70s y como todos los lunes, nos reuníamos en “El mosquero” alias Soda Guevara, a contar o exagerar el fondo largo del domingo.

Un grupo de estudiantes, profesores y administrativos de la UCR entrenábamos de manera grupal de martes a viernes, salíamos del Edificio Saprissa, en donde guardábamos el maletín y nos permitían bañarnos, luego de entrenar.

No teníamos entrenador, de lo contrario supongo, no hubiera permitido salir en grupos todos los días. Sino que teníamos en común la fiebre por correr. Los lunes no entrenábamos ya que por creencias de la época, el sábado se descansa para hacer fondo el domingo y lunes de recupera del fondo.

Este lunes fue diferente, ya que la semana anterior hablamos de la posibilidad de correr el Maratón de New York. Y durante el fondo, todos lo habíamos pensado.

Poco a poco empiezan a llegar los compas, y después de varios cafés con empanada de queso, comenzamos a narrar.

Al haber pocas competencias y entrenar juntos, todos nos conocemos bien.

Juan fue el primero, (hace en 52 minutos los 10 km) — ayer hice 21 km creo que puedo durar unas 3 horas diez.

Joaquin (48 minutos los 10 km) — ayer hice 15 km en 1 hora, voy para 3 horas.

Mario (55 minutos los 10 Km) — ayer corrí 20 kilómetros de puras subidas, me siento muy bien, voy por 2:47.

El mas gordito del grupo (nunca terminó los 10 Km) — en la playa de Jaco ida y vuelta hasta la punta 1 hora, voy para 2:30.

Así se imaginaba cada uno el fondo dominical, ahora casi 50 años después hay que pagar para decir lo mismo en una carrera virtual.

Los gemelos

Luego de cuatro horas de caminar entre barro y charrales y volar machete, llegamos al Bajo Limón, Will geógrafo, Daniel baqueano, Mechas atleta, Rubí perra entrenada y Guille organizador del evento.

Estamos en enero, en Costa Rica la gente hace un portal de Navidad, y lo dejan hasta enero en donde es el “rezo del niño”, en ese rezo se sirve café o licor con bocadillos caseros y tamales.

Pocos días antes de la competencia, nos llegó le invitación a participar en el Kilómetro Vertical Pico de Orizaba en Méjico.

Investigamos de que se trata, un kilómetro vertical debe tener los siguientes requisitos:

  • Es una prueba corta, pero muy desgastante
  • Con mil metros o más de desnivel positivo (altitud)
  • Esto en menos de cinco kilómetros de longitud
  • Preferiblemente una sola cuesta
  • Debe ser por un trillo sin acceso directo de vehículos
  • Al menos un puesto de asistencia.

Donde en Costa Rica voy a encontrar algo así.

Tomo el teléfono: —Will, pura vida, necesito un cerro que tenga un kilómetro de alto, en menos de cinco kilómetros de largo y que sea un trillo. —Me parece que por Turrubares hay algo parecido. —Dijo Will  profesor y gran conocedor de la geografía nacional.

Dos días después me llega al correo la respuesta de Will con el mapa del lugar.

Iniciamos el viaje en un carro de doble tracción, a los cuarenta minutos de trillos en medio de la nada, divisamos una casa, un hombre está aporreando frijoles. Se trata de Daniel, campesino y baqueano de la zona. —Hola, usted ¿conoce este lugar?, le enseño el mapa y le explico de que se trata. —Creo que es la finca que sale a la Escuela de Bajo Limón. —Contesta Daniel. —Se sube una endemoniada cuesta y se une al camino principal. —Los acompaño, ya que el trillo debe estar cerrado de vegetación por la lluvia de estos días. —Nos ofrece Daniel.

Por fin después de varias horas de caminar y abrir camino “a puro machete”, llegamos a la escuelita de Bajo Limón, —Primer Bajo que queda en el alto de un cerro—observa Will— es enero, la escuela está cerrada. —Vamos a buscar al presidente de la Junta, vive aquí cerca. —Nos dice Daniel.

Nos presenta a don Vinicio, presidente de la Junta de Educación de la escuela. Le contamos de que se trata, mientras nos servían café negro con gallos de queso. Le explicamos que el GPS nos dio los datos exactos: mil ciento doce metros de altitud, en cuatro mil ochocientos metros de largo, por un trillo en donde no pasa ningún vehículo. —Pueden poner el puesto de asistencia, entrando por la calle principal a la finca de mi tía, ahí se llega fácil a la planicie que hay en el trillo. —Dijo don Vinicio.

Seguimos conversando entre tasas de café y surgen ideas:

  • Hacer un evento, así nos medimos con los que quieran correrlo.
  • La inscripción que sea un paquete de útiles escolares, que donaremos a la escuela.
  • Adecuar la escuela para que los participantes se puedan bañar o al menos quitarse el barro.
  • Poner el puesto de asistencia en la finca de la tía de don Vinicio.

En eso escuchamos un grito: —“perro hijueputa, se robó los gemelos”—Una voz de mujer que venía del interior de la casa.

Viene Rubí, con dos muñecos en el hocico, que se había robado del portal.

“Mañana es el Rezo del Niño, y en el portal de la casa, la Virgen María y Jesús tuvieron gemelos— nos explica don Vinicio.

Perdido en el cafetal

Esto me sucedió compitiendo un ultramaratón de sesenta y cinco kilómetros en la zona cafetalera del Pijao, Colombia.

Estas competencias se caracterizan por realizarse fuera del pavimento, muchas veces entre fincas privadas, en este caso dentro de cafetales inmensos. Por regla general, debe haber un puesto de control (PC) cada ocho o diez kilómetros, según la topografía. En este caso hubo seis.
Debido a las empinadas cuestas, la evaporación y el barro, además de ser la primer edición, ese año asistimos pocas personas, pero de gran nivel.
Entre el PC 4 voy solo, la señora australiana que me acompañó los últimos doce kilómetros, se cansó de correr tan lento, los ocho kilómetros que distan del PC5 se recorrían los caminos de una finca, las plantaciones son iguales, lo que tiende a confundir, todo lo veo igual. El fuerte sol del mediodía y la evaporación de las lluvias de días anteriores me empiezan a golpear, las matas de café no dan sombra en los caminos. Vi pasar hasta a don Juan Valdez montado en su caballo blanco.
Estoy en el pico más alto de la finca, a 2800 msnm según mi reloj. No veo el PC. Comienzo un fuerte descenso y las piedras secas me resbalan mis guaraches de fabricación gringa, que ironía…
A lo lejos veo un rótulo al final de un camino, me acerco, me regresa la sonrisa que supongo perdí, salto de alegría y apresuro el paso, cada vez más cerca del PC me digo a mí mismo, espero tengan un café negro, aunque no sea de don Juan…
El rótulo está a doscientos metros, aumento la velocidad, que alegría…
Llego al ansiado objetivo y encuentro una leyenda: “Si usted, está aquí, usted está perdido”.
Me salen las lágrimas, tengo poca agua, el calor está cada vez más fuerte, me queda medio banano y una caja de pasas. Me devuelvo pateando las piedras y pensando lo peor. No hay señal del celular. Estoy desesperado, cuando escucho una voz:
-Mirá ve, vení…
Es que corrimos el puesto a la sombra y el cartel era una broma.

 

Suele suceder

En medio de un aguacero repentino, digno de la estación seca, me veo obligado a tomar un taxi (rojo), como le decimos a los oficiales.

-Buenas tardes, me puede llevar al hipermas.

-Queras decir «guarman»…

-Perfecto, si sabe donde es no le veo problema

Como me alegra que los HP (Heredia Público) son bilingües.

Menos de 2:10 en el Maratón

Hace algún tiempo, la prensa lo hizo un super atleta.

Tanto así, que lo reclutaron en un país al norte.

Pero, no respondía, nunca pudo hacer las marcas parciales, como era la tendencia del entrenamiento en esa época.

Lo que ocasionó acabar con el contrato y regresar.

Al llegar se hizo «entrenador» y la gente le creía y le pagaba por sus servicios.

Llegaba al lugar de entreno con unos garabatos en una hoja, que le dieron como planes de entrenamiento…

Sus atletas, al tiempo se entrenar, se vuelven entrenadores y pasan los garabatos.

Cuenta la leyenda, que esas hojas aún circulan, en el Valle Central.